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—¿Asuntos de promoción inmobiliaria? —aventuró Rebus.
—No lo sé.
Rebus se volvió hacia Alicia, que negó con la cabeza.
—Alasdair era muy reservado en ciertos aspectos. Él nos quería hacer creer que era muy capaz..., autosuficiente.
Lorna se levantó a servirse otro whisky.
—Es su manera de decir que era prácticamente una nulidad.
—A diferencia tuya, supongo —espetó la anciana.
—Si desaparecieron porque tenían deudas —comentó Siobhan—, ¿cómo es que el señor Hastings, un año más tarde aproximadamente andaba por ahí con casi medio millón de libras en una cartera?
—Dígannoslo ustedes que son la policía —comentó Lorna Grieve sentándose.
Rebus se quedó pensativo.
—Sobre todo este asunto de los negocios fracasados de ambos jóvenes, ¿hay realmente pruebas o es otro de los mitos del clan? —preguntó.
—¿Qué insinúa?
—Que nos gustaría tener algún dato concreto sobre este caso.
—¿Qué caso? —comenzaban a notarse en ella los efectos del alcohol; su voz era ahora agresiva y se le habían subido los colores—. Es de suponer que está investigando el asesinato de Roddy, no el suicidio de Freddy.
—El inspector cree que puede existir una relación —terció Alicia Grieve asintiendo con la cabeza por la lógica de su deducción.
——¿Qué le hace pensarlo, señora Grieve? —dijo Rebus.
—Usted dice que Freddy se interesaba por nosotros. ¿Cree que podría haber matado a Roddy?
—¿Por qué motivo?
—No sé. Algo relacionado con el dinero tal vez.
—¿Se conocían Roddy y Freddy?
—Se vieron alguna vez, cuando Alasdair traía a Freddy a casa, y quizá en otras ocasiones.
—Entonces, si Freddy hubiera vuelto a ver a Roddy al cabo de veinte años, ¿cree usted que su hijo le habría reconocido?
—Probablemente.
—Yo no le reconocí en las fotos —dijo Lorna.
Rebus la miró.
—Es verdad —dijo, pensando: «¿O sí lo reconoció?». ¿Por qué había devuelto directamente las fotos a Siobhan en vez de pasárselas a su madre?
—¿El señor Hastings tenía una oficina?
Alicia Grieve asintió.
—En Cannongate, cerca del piso de Alasdair.
—¿Recuerda la dirección?
La anciana la recitó de carrerilla, evidentemente complacida de su buena memoria.
—¿Y su domicilio? —preguntó Siobhan sin dejar de tomar nota.
—Era un piso en la Ciudad Nueva —dijo Lorna, pero fue también su madre quien dio la dirección exacta.
El comedor del hotel estaba tranquilo a la hora del almuerzo. El público prefería el restaurante estilo mesón de la planta baja o no sabía que existía un segundo restaurante. La decoración era minimalista oriental, y las elegantes mesas estaban muy espaciadas. Era un lugar que propiciaba la conversación discreta. Cafferty se puso en pie y estrechó la mano de Barry Hutton.
—Tío Ger, perdone que llegue tarde.
Mientras un empleado arrimaba la silla a Hutton, Cafferty se encogió de hombros.
—Hacía tanto tiempo que nadie me llamaba así, que me parece un sueño —dijo con una sonrisa.
—Yo siempre le he llamado así.
Cafferty asintió con la cabeza y miró al elegante joven.
—Barry, quién iba a decir lo bien que te va ahora.
Esta vez fue Barry Hutton quien se encogió de hombros ante el comentario. Trajeron la carta.