Back Black & Blue Save as PDF

—Fue mi tema de reserva en el concurso Mastermind.

—Sólo quisiera que vieras si la cosa está clara. No quisiera echar toda la carne en el asador y abrir una investigación, disponiendo la vigilancia, intervención de teléfonos, o incluso una operación de cebo, para quedar en ridículo.

—Entendido. Pero ya sabes que, si no les informas, los de la brigada se cabrearán; ellos tienen el personal y la experiencia para una operación de ese tipo.

Gill volvió a clavar la mirada en John.

— ¿Desde cuándo estás a favor del reglamento?

—No se trata de mi posición. Soy la oveja negra de la jefatura territorial... y para ellos con una basta.

Les trajeron la cena y la mesa se llenó de bandejas y platos, más pan indio en unas obleas enormes. Se miraron como si ya no tuvieran tanto apetito.

—Otros dos —dijo Rebus, al tiempo que entregaba al camarero su vaso vacío. Y, dirigiéndose a Gill—: Bueno, explícame lo de Fergie.

—Es algo deslavazado. Se espera que llegue del norte droga consignada como antigüedades, para entregar luego a los traficantes.

—Que son...

Ella se encogió de hombros.

—McLure cree que son norteamericanos.

— ¿Quiénes, los vendedores?

—No, los compradores. Los vendedores son alemanes.

Rebus repasó mentalmente los principales compradores de Edimburgo sin que recordara ningún norteamericano.

—Sí, ya sé —dijo Gill, como si le hubiera leído el pensamiento.

— ¿Unos que quieren entrar en el negocio?

—McLure cree que el destino de la droga está mucho más al norte.

— ¿Dundee?

Afirmó con la cabeza.

—Y Aberdeen.

Otra vez Aberdeen. Dios, aquella ciudad se la tenía jurada.

— ¿Y Fergie qué pinta aquí?

—Con una de sus subastas sería la tapadera ideal.

— ¿Y ha aceptado?

Asintió de nuevo. Mordisqueó un trozo de pollo y mojó una oblea en la salsa. Rebus contempló su modo de comer y recordó detalles de su persona: la manera de mover involuntariamente las orejas al masticar, el destello de los ojos al examinar la variedad de platos, el modo de frotarse al final los dedos... Aparte de unas arrugas en el cuello, y que tal vez se tiñera las raíces, estaba estupenda.

— ¿Por qué lo dices?

— ¿No te ha contado algo más?

—Que tiene miedo a esos traficantes; demasiado miedo para decirles que le olviden. Pero lo que no querría es que interceptáramos la operación y le encarcelemos a él por cómplice. Por eso da el soplo.

— ¿A pesar de tener miedo?

—Así es.

— ¿Para cuándo se prevé el asunto?

—Tienen que avisarle por teléfono.

—No sé, Gill. De ser un clavo, no podrías fiarte ni para colgar un pañuelo, y no digamos el abrigo.

—Muy creativo.

Le miró la corbata. Era chillona; se la había puesto expresamente para distraer la atención de la camisa arrugada y a la que le faltaba un botón.

—Bien, hablaré mañana con él a ver si puedo sonsacarle algo más.

—Pero sé amable.

—Como si fuera mi peluche preferido.

Sólo dieron cuenta de la mitad de la comida pero quedaron artos. Llegó el café y unas pastillas de menta que Gill guardó en el bolso para después. Rebus tomó un tercer whisky. Estaba imaginándose la escena final: los dos solos en la calle. Únicamente podía ofrecerse a acompañarla a casa a pie. O invitarla a su piso. Pero no podía quedarse, porque por la mañana estarían apostados los periodistas.