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«Rebus, cabronazo, eres un bastardo presuntuoso.»

— ¿De qué te ríes? —inquirió ella.

—Úsalo o déjalo, como suele decirse.

Pagaron a medias, pues las bebidas subían tanto como la comida. Y ya estaban en la calle. Había refrescado.

— ¿Será fácil encontrar taxi por aquí? —dijo ella, mientras miraba la calle en ambas direcciones.

—Aún no han cerrado los pubs, no habrá problema. He dejado mi coche en casa...

—Gracias, John. Me las arreglaré. Mira, ahí viene uno —dijo alzando la mano.

El taxista puso el intermitente y paró junto a ellos de un frenazo.

—Dime si consigues algo —añadió ella.

—Te llamaré en cuanto lo tenga.

—Gracias.

Le dio un beso rápido en la mejilla, apoyándose en su hombro, antes de subir al taxi, cerrar la portezuela y dar la dirección al conductor. Rebus contempló al coche dar media vuelta despacio para perderse en dirección a Tollcross y aún permaneció un rato mirándose los zapatos.

Simplemente para pedirle un favor. Era una alegría saber que uno aún servía para ciertas cosas. «Feardie Fergie», Fergus McLure. Un nombre del pasado; amigo antaño de un tal Lenny Spaven. Sin duda, por la mañana valdría la pena darse una vuelta por Ratho.

Por el inconfundible ruido del motor, advirtió que llegaba otro taxi. Estaba libre. Lo paró y subió.

—Al bar Oxford —dijo.

Cuanto más pensaba John Biblia en el Advenedizo... más cosas sabía de él... y más seguro estaba de que Aberdeen era la clave.

Estaba en su estudio con la llave echada, aislado del mundo, repasando el archivo ADVENEDIZO en su portátil. El intervalo entre la primera y la segunda víctima era de seis semanas; entre la segunda y la tercera, sólo cuatro. Johnny Biblia era un demonio ansioso, pero no había vuelto a matar. O si lo había hecho aún estaría divirtiéndose con el cadáver. Aunque no era el estilo del Advenedizo. Las liquidaba con rapidez y dejaba los cuerpos a la vista. John Biblia había repasado los periódicos, con el resultado de dos casos que recogía el Press and Journal de Aberdeen. Una mujer agredida cuando volvía a casa de la discoteca, el agresor había intentado arrastrarla a un callejón; ella gritó y él, atemorizado, se dio a la fuga. John Biblia fue en automóvil una noche al lugar de los hechos y, de pie en el callejón, estuvo un rato pensando en el Advenedizo al acecho en el mismo sitio, aguardando la hora propicia del cierre de la discoteca. Había cerca una urbanización y la calle de acceso pasaba por la boca del callejón. En apariencia era el lugar ideal, pero el Advenedizo se había puesto nervioso o no lo había preparado

Wen. Lo más probable es que hubiese estado allí al acecho una o dos horas, en la oscuridad, receloso de que alguien lo descubriera, y había estado a punto de abandonar. De manera que cuando finalmente cayó sobre su víctima, no había sido capaz de neutralizarla con la rapidez suficiente y un solo grito le había puesto en fuga.