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—Tiene fácil arreglo —les comentó, pero ellos negaron con la cabeza y se enfrascaron en la carta.

El camarero tomó nota y Rebus alzó la copa.

—Slainte.

—Salud —dijo ella.

Dio un sorbo y exhaló un suspiro.

—Bueno —dijo Rebus—, una vez hechos los cumplidos..., al grano.

— ¿Sabes cuántas inspectores jefe hay en la policía escocesa?

—Podrían contarse con los dedos de una mano.

—Exacto. —Gill hizo una pausa y recolocó sus cubiertos—. No quiero fastidiar.

— ¿Y quién lo quiere?

Ella le miró y sonrió. Rebus: un auténtico cenizo donde los hubiera, una vida llena de meteduras de pata y más difícil de enmendar que una grabación de ocho pistas.

—De acuerdo —admitió él—, me llevo la palma.

—Y eso cuenta a tu favor.

—No —replicó sacudiendo la cabeza—, porque sigo cagándola.

—John, yo llevo cinco meses sin conseguir una buena captura —dijo ella con una sonrisa.

—Y ahora las cosas van a cambiar, ¿eh?

—No lo sé —añadió ella—. Me han pasado una información sobre un asunto de drogas... Un jefazo.

—Que según el reglamento deberías trasladar a la Brigada de Investigación Criminal de Escocia.

Gill clavó la vista en él.

— ¿Y que esos cabronazos gandules se apunten el mérito? Vamos, John.

—En cualquier caso, nunca he sido muy partidario del reglamento... —No quería que Gill la cagara. Sentía que era algo importante para ella; quizá muy importante. Necesitaba orientación, como le había sucedido a él con Spaven—. Bien, ¿quién te pasó la información?

—Fergus McLure.

— ¿Feardie Fergie? —dijo Rebus, con los labios fruncidos—. ¿No era confidente de Flower?

Gill asintió con la cabeza.

—Yo me quedé la lista de Flower cuando lo trasladaron.

—Joder, ¿cuántas cosas te sacó a ti?

—Es igual.

—La mayoría de las confidencias de Flower son de lo peorcito del sector soplones.

—Sea lo que fuere, me dio su lista.

—Feardie Fergie, ¿eh?

Fergus McLure se había pasado media vida de clínica en clínica porque tenía los nervios hechos trizas; lo más fuerte que bebía era Ovomaltina y, como espectador, lo que más le excitaba eran los concursos de animales de compañía. Su botiquín contribuía en gran parte a los beneficios de la industria farmacéutica inglesa. Aparte de ello, dirigía un modesto imperio casi legal: joyero de profesión, vendía también alfombras persas con alguna tara que liquidaba en subastas. Vivía en Ratho, un pueblo de las afueras. Se sabía que era homosexual, pero llevaba una vida discreta, no como algunos jueces que Rebus conocía.

Gill mordisqueó el pan indio y lo untó de salsa picante.

— ¿Cuál es el problema? —inquirió Rebus.

— ¿Conoces bien a Fergus McLure?

—Sólo lo que dicen —mintió Rebus—. ¿Por qué?

—Porque quiero tenerlo todo bien atado antes de actuar.

—El problema con los soplones, Gill, es que no siempre puedes contar con una confirmación.

—Ya, pero otro puede darme su opinión.

— ¿Quieres que hable con él?

—John, pese a todos tus fallos...

—A los que debo mi fama.

—... eres buen psicólogo y conoces muy bien a los confidentes.