—Bien, si eso es todo...
Toal hizo el gesto de ir a levantarse.
— ¿Se acuerda de John Biblia, Tío Joe?
Toal frunció el ceño; entendía la pregunta pero no captaba la intención. Estiró el brazo hasta el suelo para coger un cenicero y apagó el cigarrillo.
—Me acuerdo muy bien. Centenares de policías por las calles; fue fatal para el negocio. Colaboramos al cien por cien y tuve hombres a la caza de ese hijo de puta meses enteros. ¡Meses! Y ahora sale ese otro cabrón.
— ¿Johnny Biblia?
—Yo soy un hombre de negocios —dijo, señalándose— y que maten a inocentes me repugna. A mis taxistas... —Hizo una pausa—. Tengo acciones en una empresa de taxis. Les he dado instrucciones para que sean todo ojos y oídos. —Se oyó una respiración agitada—. Si sé algo lo comunicaré inmediatamente a la poli.
—Un ciudadano ejemplar.
Toal se encogió de hombros.
—Yo hago negocios con los ciudadanos. —Hizo otra pausa y frunció el ceño—. ¿Qué tiene esto que ver con Tony El?
—Nada. —Toal no parecía muy convencido—. Pongamos que está relacionado. ¿Puedo fumar?
—No se va a quedar lo bastante para disfrutarlo.
Rebus, sin inmutarse, encendió un pitillo.
— ¿Adónde se marchó Tony El?
—No me envió ninguna postal.
—Tendrá alguna idea.
Toal fingió reflexionar.
—Al sur, creo; no sé dónde. Londres, tal vez. Allí tenía amistades.
— ¿En Londres?
Toal asintió con la cabeza sin mirar a Rebus.
—Tengo entendido que se fue al sur —repitió.
Rebus se puso en pie.
— ¿Ya ha concluido el tiempo? —A Toal le costaba incorporarse en el sillón y tuvo que recurrir al apoyo del bastón—. Cuando apenas habíamos empezado a conocernos. ¿Cómo está ahora
Edimburgo? ¿Sabe lo que decíamos en otro tiempo? Mucho abrigo de piel y pocas agallas. Eso era Edimburgo.
Se echó a reír y le sobrevino un ataque de tos. Se aferró al bastón con ambas manos, doblando un poco las rodillas.
Rebus aguardó a que se sosegara. Su cara abotargada estaba pálida y relucía de sudor.
—Quizá sea verdad —replicó—, pero aquí ni siquiera hay abrigos de piel.
Una sonrisa cruzó el rostro de Toal dejando ver su amarillenta dentadura postiza.
—Cafferty dijo que usted me agradaría. Pues, ¿sabe qué?
— ¿Qué?
La sonrisa se transformó en gesto de desdén.
—No acertó. Y ahora que lo he visto, aún entiendo menos por qué le ha enviado. Por la botella no ha sido, pues ni siquiera Cafferty es tan barato. Más vale que se vuelva a Edimburgo, amiguito. Y vaya con cuidado. Me han dicho que la calle ya no es lo que era.
Rebus se dirigió al otro lado de la sala, dispuesto a salir por la segunda puerta. Junto a ella había una escalera por la que alguien descendió a toda prisa y casi chocó con él. Era un tipo corpulento, mal vestido, con rostro de pocas luces y brazos tatuados. Tendría unos veinticinco años y Rebus le reconoció por las fotos del expediente: Mad Malky Toal, Stanley. La esposa de Joseph Toal había muerto de parto por su avanzada edad al dar a luz. Los dos hijos anteriores también murieron, uno cuando era pequeño y el otro atropellado por un coche, y ahora sólo quedaba Stanley, heredero único y de los últimos de la fila en la distribución de coeficiente de inteligencia.