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— ¿Es una de esas dos? —inquirió.

—Lo mismo da una que otra.

Rebus bajó del coche y se inclinó hacia los agentes.

—No se les ocurra marcharse —dijo, cerrando con fuerza la portezuela y encaminándose al fondo del callejón.

Optó por llamar a la puerta de la casa adosada de la izquierda y le abrió un gigante musculoso en camiseta que le franqueó el paso.

— ¿Es usted el poli? —preguntó en el estrecho recibidor—. Pase ahí.

Rebus empujó la puerta del cuarto de estar y se quedó pasmado: habían eliminado el tabique divisorio y aquello era una sala de estar de proporciones enormes. Le recordó a Tardis de Doctor Who y, como estaba solo, se llegó hasta el fondo de la pieza. Habían ganado tanto espacio que incluía un gran invernadero, lo que reducía el tamaño del jardín, pero desde la casa se veían inmensos prados con campos de deportes y comprobó que Tío Joe se había apoderado de una gran parte de la zona para su propio jardín. Ni que decir tiene que sin permiso municipal.

—Espero que tenga limpios los oídos —dijo una voz.

Rebus se dio la vuelta y vio un hombrecillo algo encorvado que entraba en el salón, con un cigarrillo en una mano y un bastón en la otra. Arrastró sus pies en zapatillas de cuadros hasta un raído sillón y se hundió en él, agarrándose a los grasientos tapetillos de los brazos, con el bastón en el regazo.

Rebus le había visto en fotos, pero aun así le sorprendió. Joseph Toal parecía realmente el tío de alguien. Tendría más de setenta años; era fornido y sus manos y rostro recordaban a los de un antiguo minero; su frente estaba muy arrugada, y llevaba el escaso pelo cano peinado hacia atrás y engominado. Tenía una cara cuadrada, de ojos acuosos, y las gafas le colgaban de un cordón al cuello. Al llevarse el cigarrillo a los labios, Rebus advirtió que la nicotina amarilleaba sus dedos y que sus uñas eran deformes y encarnadas. Vestía una chaqueta corriente y una camisa deportiva también anodina. La chaqueta estaba remendada y deshilachada y los pantalones, marrones, estaban dados de sí, con las rodilleras sucias.

—Los oídos los tengo bien —respondió Rebus, acercándose.

—Estupendo, porque no pienso repetir las cosas —dijo con un profundo resoplido para controlar la respiración—. Anthony Kane trabajó conmigo doce o trece años; no de forma seguida, sino en contratos temporales. Pero hace un año, algo más quizá, me dijo que se iba porque quería establecerse por su cuenta. Nos despedimos de forma amistosa y no he vuelto a saber de él.

Rebus señaló una silla y Toal asintió con la cabeza. El inspector se acomodó sin mucha prisa.

—Señor Toal...

—Todos me llaman Tío Joe.

— ¿Como a Stalin?

— ¿Cree que el chiste es nuevo, hijo? Pregunte.

— ¿Qué planes tenía Tony cuando dejó su empleo?

—No me dio detalles. La conversación que tuvimos fue... breve.

Rebus asintió con la cabeza. Estaba pensando: «Tenía yo un tío que se parecía mucho a ti, y ni recuerdo su nombre».