Miró a Rebus fijamente, con expresión amenazadora y rabiosa, y se acercó a su padre a zancadas. Vestía pantalones de raya diplomática, una camiseta de manga corta, calcetines blancos y zapatillas de deporte y adornaba su rostro media docena de gruesas verrugas. Rebus no conocía a ningún gángster que supiera vestir bien.
—Hola, papá, he perdido las llaves del BMW, ¿dónde están los duplicados?
Rebus salió de la casa, feliz de que el coche patrulla siguiera allí. Una pandilla de chiquillos daba vueltas a su alrededor en bicicleta como indios cherokees. Antes de salir del callejón se fijó en los coches: un Rover nuevo, un BMW serie 3, un viejo Mercedes, de los más grandes, y un par de utilitarios. De haber sido para una subasta de vehículos usados, habría buscado en otra parte.
Se escurrió entre dos bicicletas, abrió la portezuela y subió al coche. El conductor arrancó y Rebus miró hacia atrás; vio a Stanley dirigirse hacia el BMW, como si caminara accionado por un muelle en los talones.
—Bueno —dijo el otro agente—, antes de irnos, ¿ha mirado si le falta algún dedo?
—A la zona del centro —dijo Rebus, recostándose en el asiento y cerrando los ojos.
Necesitaba otro trago.
Primero fue al bar Horseshoe. Pidió un chupito de whisky de malta y salió a buscar un taxi. Le dijo al chofer que le llevase a Langside Place, en Battlefield. Desde que había estado en la sala donde tenían toda la información referente a John Biblia, sabía que acabaría yendo allí. Podía habérselo pedido a los del coche patrulla, pero no quería dar explicaciones.
En Langside Place tenía su domicilio la primera víctima de John Biblia. Era enfermera y vivía con sus padres. Su padre cuidaba del hijo pequeño cuando ella salía a bailar. Rebus sabía que aquel día pensaba ir al salón Majestic de Hope Street, pero cambió de parecer y fue al Barrowland. Se habría salvado de haber seguido su primer impulso. ¿Por qué habría decidido ir al Barrowland? ¿Fue sólo cosa del destino?
Mandó esperar al taxista, se apeó y anduvo por la calle de arriba abajo. El cadáver lo habían encontrado cerca de allí, a la puerta de un taller en Carmichael Lañe, sin ropa y sin bolso. La policía había llevado a cabo una intensa búsqueda inútil. Y no menos laboriosos habían sido los interrogatorios de quienes aquella noche estaban en el Barrowland, con el agravante de que la noche del jueves era muy concurrida por estar dedicada a los clientes mayores de veinticinco años, y acudían muchos casados y casadas para echar una cana al aire. Muchos no habrían debido estar allí y no se les podía considerar testigos fiables.
El motor del taxi seguía en marcha, y el contador corría. No sabía lo que esperaba encontrar allí, pero, de todos modos, le satisfacía haber ido. Resultaba difícil mirar la calle y recrear el año 1968; no quedaba nada que recordase a aquella época. Todo había cambiado, incluidas las personas.