Back Black & Blue Save as PDF

Gruñido humano.

— ¿Tienes un perro, Tío Joe?

—Dile al poli que yo no tengo nada que ver con Tony.

—Creo que quiere oírlo él mismo.

—Pues que se ponga.

Cafferty, inquisitivo, miró a Rebus, quien negó con la cabeza.

—Quiere verte la cara mientras se lo cuentas.

— ¿Es maricón o qué?

—No, de la vieja escuela. Te gustará, Tío Joe.

— ¿Y por qué ha acudido a ti?

—Era su último recurso.

— ¿Por qué cono aceptaste?

—Por media botella de whisky —respondió Cafferty sin inmutarse.

—Dios mío, esa Bar—L debe de estar más seca de lo que yo pensaba. —Su tono se suavizó.

—Mándame una entera y le mando a tomar por culo.

Risas agudas.

— ¡Joder, Cafferty, te echo de menos! ¿Cuánto te queda?

—Pregunta a mis abogados.

— ¿Sigues con lo tuyo?

— ¿Tú qué crees?

—Eso me han dicho.

—Pues me alegro.

—Envíame a ese cabrón y dile que tiene cinco minutos. A lo mejor voy a verte un día de éstos.

—Mejor no, Tío Joe, a ver si al final de la visita han perdido la llave.

Más risas. Después, Cafferty colgó.

—Me debe un favor, Hombre de paja —masculló—, y es el siguiente: encierre a ese cabrón.

Pero Rebus iba ya camino de la calle.

Morton había cumplido su palabra y allí estaba el coche esperándole. Dio las señas que recordaba haber leído en el expediente de Toal y se acomodó en el asiento de atrás. Delante iban dos agentes. El que ocupaba el asiento del pasajero se volvió hacia él.

— ¿No es donde vive Tío Joe?

Rebus asintió y los agentes intercambiaron una mirada.

—Déjenme allí —ordenó.

El tráfico era denso, la gente volvía del trabajo, y Glasgow se alargaba hacia los cuatro puntos cardinales como si fuera de goma. Cuando llegaron a la barriada de viviendas subvencionadas, vio que eran muy parecidas a las de Edimburgo: piedra artificial gris, zonas de juego sin un árbol, asfalto y varias tiendas fortificadas. Críos en bicicleta que se detenían a mirar el coche con curiosidad, como centinelas, y cochecitos de niño conducidos por mujeres vulgares teñidas de rubio. La gente observaba tras las ventanas y había hombres apostados en las esquinas. Una ciudad dentro de otra, uniforme y enervante, debilitada, librada a su mera obstinación: la pintada RESISTIR en un hastial, un mensaje del Ulster pertinente allí también.

— ¿Le esperan? —preguntó el conductor.

—Sí.

—Menos mal, gracias a Dios.

— ¿Hay por aquí más coches patrulla?

El copiloto soltó una risa nerviosa.

—Hemos cruzado la línea divisoria, señor. Esta zona se rige por su propia ley y orden.

—Si usted tuviera el dinero que él tiene, ¿viviría aquí? —inquirió el que conducía.

—Ése nació aquí —respondió Rebus— y, además, tengo entendido que su casa es un poco especial.

— ¿Especial? —resopló el conductor—. Espere a verla.

Se detuvieron a la entrada de una calle sin salida y Rebus vio al fondo dos casas que destacaban del resto por su revestimiento de piedra.