Existían diferencias, desde luego, pero los medios de comunicación no las mencionaban. Por una parte, las víctimas de John Biblia iban todas al mismo salón de baile, mientras que el radio de acción de Johnny Biblia era más amplio y abarcaba toda Escocia. De ahí que se barajaran diferentes teorías, entre ellas que se tratara de un camionero que hacía largos recorridos o un viajante de comercio. La policía no sabía qué pensar. Podría ser hasta el mismísimo John Biblia que regresaba al cabo de un cuarto de siglo, aunque no coincidiera su descripción con la de un hombre de veintitantos o treinta años; eran discrepancias que se habían dado otras veces con testigos presenciales en apariencia fiables. También se reservaban ciertos detalles respecto a Johnny Biblia, igual que en el caso de John Biblia, por mor de descartar docenas de falsas confesiones.
Apenas había comenzado Rebus su informe cuando entró Maclay balanceándose. Esa manera suya de caminar dando bandazos no era porque estuviese bebido o drogado, sino por culpa r de su grave sobrepeso, un trastorno metabólico. Padecía también sinusitis, muchas veces respiraba con exagerados silbidos y hablaba con una voz que recordaba un cepillo mellado raspando a contrapelo la madera. En la comisaría le llamaban Heavy.
— ¿Te has encargado de Craw? —preguntó Bain.
Maclay asintió con la cabeza apuntando a la mesa de Rebus.
—Quiere acusarle de hacernos perder el tiempo.
—Eso sí que es perder el tiempo.
Maclay se balanceó en dirección a Rebus. Tenía un pelo azabache lleno de rizos y ensortijado en la frente. Probablemente habría ganado algún concurso del niño más bonito, pero de eso ya hacía algún tiempo.
—Vamos, hombre —le dijo.
Pero Rebus negó con la cabeza y siguió escribiendo a máquina.
—Que te jodan.
—Que le jodan a él —añadió Bain de pie mientras se disponía a descolgar la chaqueta del respaldo de la silla, y dirigiéndose a Maclay preguntó—: ¿Un trago?
Maclay emitió un profundo suspiro sibilante.
—Es lo que toca.
Rebus ni se movió hasta que hubieron salido. No es que esperase que le invitaran a acompañarles. Se trataba precisamente de no invitarlo. Dejó de escribir y sacó del último cajón la botella de Lucozade, desenroscó el tapón, olió los cuarenta y tres grados del malta y bebió. Una vez devuelta la botella al cajón se metió en la boca un caramelo de menta refrescante.
Mejor. «Ahora lo veo más claro»: Marvin Gaye.
De un tirón, sacó de la máquina el informe y lo hizo un rebujo; luego, llamó al mostrador y ordenó que retuvieran a Craw Shand una hora y lo soltasen después. El teléfono comenzó a sonar en cuanto colgó.
—Inspector Rebus.
—Soy Brian.
Brian Holmes, sargento de policía, que conservaba su destino en St. Leonard. Se mantenían en contacto. Aquella noche su voz era neutra.
— ¿Problemas?
Holmes rió sin ganas.
—Todos y más.
—Pues cuéntame el último —dijo Rebus, abriendo la cajetilla, llevándose un cigarrillo a la boca y encendiéndolo, todo con una sola mano.