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—No sé si debo, con lo jodido que estás.

—Craigmillar no está tan mal.

Rebus echó un vistazo a la anticuada oficina.

—Me refiero a lo otro.

—Ah.

—Escucha, es que... creo que voy a tener problemas...

— ¿Qué ha pasado?

—Un sospechoso que habíamos detenido me estaba tocando las pelotas.

—Y le zurraste.

—Sí.

— ¿Ha presentado denuncia?

—Lo va a hacer. Su abogado quiere llevarlo adelante.

— ¿Tu palabra contra la suya?

—Claro.

—Los de asuntos internos lo rechazarán.

—Imagino que sí.

—Que Siobhan te eche una mano.

—Está de vacaciones. En el interrogatorio me acompañaba Glamis.

—Malo, entonces. Es un gallina como no hay dos.

Pausa.

— ¿No vas a preguntarme si lo hice?

—Bajo ningún concepto quiero saberlo, ¿está claro? ¿Quién era el sospechoso?

—Mental Minto.

—Dios, ese borracho sabe más de leyes que un procurador. Bien, vamos a hablar con él.

Daba gusto salir de la comisaría. Bajó el cristal de las ventanillas del coche. El aire era casi cálido. El Escort de la policía llevaba mucho tiempo sin limpiar y tenía envoltorios de chocolatinas, bolsas de patatas fritas y cartones de zumo de naranja y Ribena aplastados. El alma de la dieta escocesa: azúcar y sal. Añádase alcohol y ya es todo puro sentimiento.

Minto vivía en el primer piso de un edificio de apartamentos de alquiler en South Clerk Street. Rebus ya había estado allí otras veces, ninguna de ellas fue agradable. No encontró aparcamiento y dejó el coche en doble fila. En el cielo, un rosado deslavazado luchaba inútilmente con la oscuridad arrolladora. Todo ello subrayado por un naranja halógeno. La calle estaba animada. Del cine y de los pubs aún abiertos se retiraban los últimos clientes. Olía a comida: fritangas, pizza y especias indias. Brian Holmes esperaba delante de una tienda con las manos en los bolsillos. Seguramente había venido a pie desde St. Leonard. Se saludaron con una inclinación de cabeza.

Holmes parecía cansado. Pocos años antes era joven, fresco, entusiasta. Rebus sabía que la vida hogareña se había cobrado su tributo: a él le había sucedido igual en su matrimonio, roto hacía años. La compañera de Holmes quería que éste dejase la policía. Deseaba un hombre que al volver a casa estuviera pendiente de ella y no enfrascado en los casos, en especulaciones mentales y en estrategias para ascender. Muchas veces, un oficial de policía está más unido a su compañero de trabajo que a su propia esposa. Cuando ingresas en el DIC te dan un apretón de manos y un papel.

El papel sin fecha fija, condicional a tenor de las circunstancias.

— ¿Sabes si está en casa? —preguntó Rebus.

—Le he telefoneado y contestó él mismo. Parecía medio sobrio.

— ¿Le has dicho algo?

— ¿Me tomas por idiota?

Rebus miró hacia las ventanas del edificio. La planta baja estaba ocupada por tiendas. Minto vivía justo encima de una cerrajería. La cosa tenía su gracia.

—Bien; subes conmigo y te quedas en el rellano. Sólo entra si oyes jaleo.