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Rebus sabía por qué le habían trasladado allí. Por haber incordiado a gente importante. No habían podido asestarle el golpe definitivo y le habían relegado al purgatorio. Infierno no, porque no era para siempre. Una especie de penitencia. El oficio que le comunicaba el traslado señalaba que iba a sustituir a un compañero hospitalizado al mismo tiempo que ayudaría en la supervisión del cierre de la anticuada comisaría de Craigmillar. Estaban desmontándolo todo para el traslado a otra nueva cerca de allí. El viejo local era un desbarajuste de cajas y armarios ya vacíos y el personal no prestaba mucha atención a los casos pendientes. Como tampoco se habían molestado en dar la bienvenida al inspector John Rebus. Aquello parecía más una sala de hospital que una comisaría y a los pacientes se los tranquilizaba sin remilgos.

Volvió despacio a la sala del DIC, el «cobertizo», cruzándose con Maclay y Shand, que seguía proclamándose culpable, mientras era arrastrado hacia los calabozos.

— ¡Soy Johnny Biblia! ¡Que sí, joder!

Ni por asomo.

Eran las nueve de la noche de un martes de junio y en el «cobertizo» sólo estaba el sargento detective «Dod» Bain, que alzó la vista de la revista Offbeat, el noticiero territorial de Lothian y Borders y el área de Edimburgo. Rebus negó con la cabeza.

—Me lo imaginaba —dijo Bain, pasando una página—. Craw es famoso por los colocones de hierba que agarra, por eso te lo dejé.

—Tienes más valor que una tachuela.

—Y además pincho por el estilo. No lo olvides.

Rebus se sentó a su mesa dispuesto a redactar el informe sobre el interrogatorio. Otro farsante y otra pérdida de tiempo. Y Johnny Biblia campando a sus anchas.

Primero había sido John Biblia, el terror de Glasgow a finales de los años sesenta. Un joven bien vestido, pelirrojo, conocedor de la Biblia y que frecuentaba el salón de baile Barrowland. Allí se ligó a tres mujeres, a las que maltrató, violó y estranguló.

A continuación, desapareció, escapando al dispositivo policial más espectacular organizado en Glasgow para cazar a un hombre. No se supo nada más y el caso seguía pendiente. La policía disponía de una implacable descripción de él facilitada por la hermana de la última víctima, que había pasado casi dos horas con la pareja e incluso había compartido el mismo taxi; a ella la dejaron donde indicó y la hermana le dijo adiós con la mano por la ventanilla... Una descripción que no sirvió de nada.

Y ahora estaba Johnny Biblia. Los medios de comunicación no habían vacilado en darle ese nombre: tres mujeres maltratadas, violadas y estranguladas era suficiente para establecer comparaciones. A dos de ellas las había recogido en nightclubs, discotecas. Tenían la vaga descripción de un hombre a quien habían visto bailar con las víctimas, bien vestido y tímido, que coincidía con el John Biblia original. Sólo que John Biblia, suponiendo que aún viviera, sería un cincuentón, y la descripción del asesino actual era la de un joven de unos veintitantos años. En resumidas cuentas: Johnny Biblia era el hijo espiritual del tal John Biblia.