—No se preocupe, Hombre de paja —dijo Cafferty—, de eso tengo lo que quiero; aquí corre como el agua. Pero se agradece la intención.
Rebus se guardó la botella.
—Supongo que quiere algo.
—Así es.
Cafferty cruzó las piernas, estirándolas para ponerse a sus anchas.
— ¿De qué se trata?
— ¿Conoces a Joseph Toal?
—Todos conocen a Tío Joe, hasta los gatos.
—Sí, pero no como tú.
— ¿Y? —sonrió nervioso.
—Quiero que le llames y le pidas que hable conmigo.
Cafferty reflexionó un instante.
— ¿Para...?
—Quiero preguntarle algo sobre Anthony Kane.
— ¿Tony El? Creía que había muerto.
—Dejó sus huellas en el escenario de un crimen en Niddrie.
Pese a lo que dijera el jefe, él enfocaba el caso como un asesinato, y, además, así impresionaba más a Cafferty, quien, efectivamente, lanzó un silbido.
—Qué idiota. Tony El no solía ser tan imbécil. Y si sigue trabajando para Tío Joe... Puede tener consecuencias.
Rebus sabía que ahora Cafferty ataba cabos para ver el modo de conseguir que Toal aterrizara en Barlinnie a hacerle compañía. Motivos no debían faltarle para desear verle en chirona: cuentas pendientes, deudas, usurpación de territorio. Siempre había viejas cuentas por saldar. Cafferty se decidió.
—Pida un teléfono.
Rebus se levantó y se dirigió al guardián, que ladró «¡No está permitido!», pero él le introdujo tranquilamente la botella de whisky en el bolsillo.
—Es preciso que haga una llamada —añadió.
Condujeron a Cafferty a través de corredores bloqueados por tres rejas hasta un teléfono de monedas.
—Es lo más cerca de la calle que estoy desde hace tiempo —bromeó Cafferty.
Los guardianes no sonrieron. Rebus le dio unas monedas.
—Vamos a ver si lo recuerdo... —dijo Cafferty con un guiño a Rebus.
Marcó siete cifras y esperó.
—Oiga. ¿Quién está ahí? —Dijeron un nombre—. No te conozco. Escucha, dile a Tío Joe que Big Ger quiere hablarle. Nada más. —Aguardó, miró a Rebus y se pasó la lengua por los labios—. Que dice, ¿qué? Dile que llamo desde la Bar—L y no me sobra el dinero.
Rebus echó otra moneda.
—Escúchame —insistía Cafferty irritado—, dile que tiene un tatuaje en la espalda. Una cosa que Tío Joe no va contando por ahí —añadió, tapando el micrófono.
Rebus se acercó lo más posible al auricular y oyó una voz grave.
— ¿Eres tú, Morris Gerald Cafferty? Pensé que alguien quería tomarme el pelo.
—Hola, Tío Joe. ¿Cómo van los negocios?
—Funcionan. ¿Quién está a la escucha?
—Que yo vea, tres monos y un pasma.
—A ti siempre te gustó tener público. Ése es tu problema.
—Suena a consejo, Tío Joe, pero ya es demasiado tarde.
—Bueno, ¿qué quieren ésos?
Ésos: Rebus, el pasma, y los tres monos guardianes.
—Es el poli de Edimburgo que quiere hablar contigo.
— ¿De qué?
—De Tony El.
— ¿Y sobre qué? Tony hace un año que no trabaja aquí.
—Pues díselo al amable policía. Tony ha vuelto a las andadas, por lo visto. En Edimburgo hay un fiambre con sus huellas donde lo encontraron.