—Coca–Cola, por favor.
Rebus se volvió hacia el nuevo cliente.
— ¿Estás siguiéndome?
—No tienes muy buen aspecto, John —replicó Morton sonriente.
—Y el tuyo y el de tus colegas es demasiado bueno.
—A mí no me compran.
— ¿No? ¿Y a quiénes sí?
—Vamos, John. Lo decía en broma —replicó Morton, sentándose a su lado—. Oí algo sobre Lawson Geddes. ¿Es que se va calmando el asunto?
—Puede. —Rebus vació el vaso de un trago—. Mira eso —añadió, señalando una máquina de caramelos en un rincón—. Dulces a veinte centavos. Los escoceses tenemos fama de dos cosas, Jack: de golosos y de grandes bebedores.
—Y de otras dos —replicó Morton.
— ¿Cuáles?
—Eludir las cuestiones y sentirnos siempre culpables.
— ¿Te refieres al calvinismo? —dijo Rebus a punto de echarse a reír—. Por Dios, Jack, pensaba que el único «calvinista» conocido actualmente era Calvin Klein.
Jack Morton no le quitaba ojo a la espera de que sus miradas se cruzaran.
—Dime otro motivo por el cual un hombre acabe con todo —dijo.
Rebus lanzó un resoplido.
— ¿Tú hasta dónde has llegado?
—Hasta donde hay que llegar —replicó Morton.
—Ni por asomo, Jack. Anda, tómate un trago como es debido.
—Esto es un trago como es debido. Lo que tú bebes sí que no es un trago.
— ¿Qué, entonces?
—Un modo de escapar.
Jack se ofreció a llevarle a Barlinnie sin preguntarle a qué iba. Fueron por la M8 hasta Riddrie, pues Jack conocía el camino, y no hablaron gran cosa durante el trayecto hasta que le planteó la pregunta que flotaba en el aire.
— ¿Cómo está Sammy?
La hija de Rebus, ya crecida, a quien Jack hacía casi diez años que no veía.
—Muy bien —respondió; pero ya abordaba otro tema para cambiar de conversación—. Me da la impresión de que a Chick Ancram no le caigo bien. No hace más que... estudiarme.
—Es un listillo. Procura ser amable.
— ¿Por algún motivo en concreto?
Jack Morton se calló un comentario y negó con la cabeza. Giraron en Cumbernauld Road y llegaron a la cárcel.
—Oye, no puedo esperarte —dijo Morton—. Dime cuánto vas a tardar y te envío un coche patrulla.
—Será cuestión de una hora.
Jack Morton miró su reloj de pulsera.
—Una hora. —Le tendió la mano—. Me alegro de haberte visto, John.
Rebus se la estrechó.
Capítulo 6
«Big Ger» Cafferty ya esperaba cuando pasó al locutorio.
—Vaya, «Hombre de paja», qué inesperado placer.
Hombre de paja era el apelativo que Cafferty daba a Rebus. El guardián que había acompañado al inspector no parecía dispuesto a dejarlos solos, y dos más vigilaban a Cafferty. No querían que se volviera a fugar de Barlinnie.
—Hola, Cafferty. —Rebus tomó asiento frente a él. Cafferty había envejecido en la cárcel; estaba más pálido y fofo, había engordado bastante. Tenía menos pelo, algunas canas y llevaba barba—. Te he traído algo —dijo, mirando a los guardianes mientras sacaba del bolsillo la botella.
—Está prohibido —espetó un vigilante.