Parecía que el turno de la policía secreta hubiera cogido un permiso colectivo. Estaba solo en la sala, así que dejó la puerta abierta y, sin saber muy bien por qué, se puso a examinar la documentación. Cincuenta mil declaraciones en total. Leyó un par de titulares de periódico: «El donjuán de los salones de baile planea el crimen», «Cien días a la caza del asesino». El primer año de su búsqueda, se había interrogado y descartado a más de cinco mil sospechosos. Cuando la hermana de la tercera víctima facilitó la detallada descripción, pudieron saber que el asesino tenía los ojos azules, una dentadura regular salvo el incisivo derecho, un tanto superpuesto sobre el contiguo, que su marca preferida de cigarrillos era Embassy y que hablaba bien, citando a veces pasajes de la Biblia. Pero ya era demasiado tarde. John Biblia se había esfumado.
Otra diferencia entre John Biblia y Johnny Biblia era el intervalo entre un crimen y otro. Johnny mataba con pocas semanas de pausa y John Biblia no seguía pauta temporal alguna, podían ser semanas o meses. Se cobró la primera víctima en febrero de 1968, y la segunda fue año y medio después. Dos meses y medio más tarde cometió el tercero y último. Primera y tercera víctimas, muertas en jueves por la noche, y la segunda, un sábado. Dieciocho meses era un intervalo muy largo. Rebus conocía las hipótesis: ausencia en el extranjero, por tratarse quizá de un marino mercante o de alguien que perteneciera a la armada o la RAF destinado fuera del país; tal vez había estado en prisión por algún delito menor. Pero eran simples hipótesis. Las tres víctimas tenían hijos, no como las de Johnny Biblia. ¿Era importante que las víctimas de John Biblia tuvieran la regla o fueran madres? A la tercera víctima le había dejado una compresa en la axila, como acto ritual. Las interpretaciones de los psicólogos que estudiaron el caso eran muy diversas, y la tesis sostenía que el asesino se atenía a las consideraciones bíblicas de las mujeres como prostitutas, extremo que a John Biblia le había parecido corroborar cuando su primera víctima, una mujer casada, accedió a marcharse con él del salón de baile. La circunstancia de que tuvieran la regla le irritó, potenció su sed de sangre y fue el móvil del crimen.
Rebus no ignoraba que había algunos convencidos —siempre los había habido— de que se trataba de una simple relación fortuita entre los tres asesinatos realizados por tres asesinos, aun admitiendo una notable vinculación por las coincidencias. Rebus, poco amigo de las coincidencias, seguía convencido de que sólo había un asesino.
En el caso habían intervenido policías famosos: Tom Goodall, que había capturado a Jimmy Boyle y asistido a la confesión de Peter Manuel. Tras la muerte de Goodall, habían tomado su relevo Elphinstone Dalgliesh y Joe Beattie. Este último dedicó horas y horas a escudriñar fotos de sospechosos hasta con lupa, y estaba convencido de poder reconocer a John Biblia en cualquier sitio. Aquel caso había sido una auténtica obsesión para los investigadores, causando la ruina de algunos en el escalafón. Tanto trabajo y ningún resultado. Una burla para todos, métodos y organización incluidos. Volvió a pensar en Lawson Geddes.