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Durante unas semanas Aldous Zane fue noticia en todo el mundo, circunstancia suficiente para tentar a un periódico sensacionalista escocés que se avino a correr con los gastos para que prestara sus servicios a la investigación sobre Johnny Biblia. Los altos mandos de la policía estaban tan desesperados que se avinieron a ello.

—Buenas, Chick —dijo uno de los hombres que acompañaban al vidente.

—Buenas, Terry.

Terry miraba a Rebus en espera de que se lo presentasen.

—El inspector John Rebus. El sargento Thompson.

Tendió la mano y Rebus se la estrechó. Masón, como casi todos los del cuerpo. Rebus, sin ser de la cofradía, había aprendido a imitar su manera de dar la mano.

Thompson se volvió hacia Ancram.

—Vamos con el señor Zane a que eche otro vistazo a algunas de las pruebas materiales.

—No sólo un vistazo —terció Zane—. Tengo que tocarlas.

Thompson acompañó sus palabras con un guiño del ojo izquierdo. Era evidente que compartía el escepticismo con Ancram.

—Sí, naturalmente. Por aquí, señor Zane.

Y se fueron los tres.

— ¿Quién era ese que no ha dicho ni mu? —preguntó Rebus.

—El mentor de Zane en el periódico. Quieren estar al tanto de todo lo que hace.

Rebus asintió con la cabeza.

—Lo conozco desde hace un par de años —dijo.

—Creo que se llama Stevens.

—Jim Stevens —completó Rebus, con otra inclinación de cabeza—. Por cierto, existe otra diferencia entre ambos asesinos.

— ¿Cuál?

—Todas las víctimas de John Biblia tenían la menstruación.

Dejaron a Rebus a solas en una mesa con los archivos sobre Joseph Toal, sin que averiguara nada nuevo excepto que Tío Joe había comparecido ante el juez. A Rebus le dio que pensar. Era como si Toal estuviese sobre aviso siempre que la policía lo tenía en su punto de mira en ocasiones en que la cosa estaba al rojo vivo, y por ello nunca encontraban las pruebas suficientes para enviarlo a la cárcel. Quedaba impune con un par de multas y, pese a haber organizado varias operaciones, todo se saldó con la suspensión por falta de pruebas concluyentes o porque le habían dado el soplo. Era como si Tío Joe dispusiera de un vidente particular. Pero para Rebus había una explicación más verosímil: alguien del departamento le avisaba, y pensó en los trajes que lucían todos, los relojes y los zapatos caros y el aire general de prosperidad y presunción.

La mierda de la Costa Oeste: que la limpien o la escondan. Vio una anotación a mano casi al final del expediente; supuso que era letra de Ancram:

«Tío Joe no necesita matar a nadie más. Su fama es su mejor arma y el cabrón es cada vez más poderoso.»

Encontró un teléfono libre y llamó a la cárcel de Barlinnie, y, como no había ni rastro de Chick Ancram, se dio una vuelta por el local.

Sabía que al final volvería allí: a la sala de olor a moho, donde estaba entronizado el antiguo monstruo John Biblia. Aún se le recordaba en Glasgow y se le mencionaba, incluso antes de que surgiera Johnny Biblia. Su predecesor era el coco de carne y hueso invocado para que los niños se fueran a la cama y utilizado como espantajo durante toda una generación. Podía ser el vecino sigiloso de la puerta de enfrente, el hombre tranquilo de dos pisos más arriba, el repartidor de paquetes de la furgoneta. Podía ser cualquiera; a gusto del consumidor. A principios de los setenta, los padres amenazaban a sus hijos con un «¡Sé bueno o vendrá John Biblia!». Un coco de carne y hueso. Y ahora volvía.