Levantó la cabeza y vio que le observaban desde la puerta. Se puso en pie cuando vio que entraban Aldous Zane y Jim Stevens.
— ¿Ha habido suerte? —inquirió.
Stevens se encogió de hombros.
—Aún es pronto. Aldous ha señalado un par de cosas. —Le tendió la mano y Rebus se la estrechó—. ¿Se acuerda de mí, verdad? —Rebus asintió con la cabeza—. Antes, en el pasillo, no estaba seguro.
—Le suponía en Londres.
—Hace tres años que regresé y ahora trabajo por mi cuenta.
—Y de guardián, por lo que veo.
Rebus miró hacia donde estaba Aldous Zane, pero el norteamericano no les prestaba atención, dedicado a pasar la palma de las manos por los papeles que había en la mesa. Era bajo, delgado, de mediana edad, con gafas de montura metálica y cristales azulados, labios levemente abiertos que dejaban ver unos dientes pequeños y afilados. A Rebus le recordaba un poco a Peter Sellers en el papel de doctor Strangelove. Encima de la chaqueta llevaba un chubasquero que hacía frufrú al menor movimiento.
— ¿Esto qué es? —preguntó.
—John Biblia. El antecesor de Johnny Biblia. En este caso también trajeron a un vidente: Gerard Croiset.
—El paranormal —musitó Zane—. ¿Descubrió algo?
—Describió un lugar, dos tenderos y un viejo que podía ser importante para la investigación.
—<Y?
—Y un periodista localizó lo que parecía ser el lugar —terció Jim Stevens.
—Pero ningún tendero ni ningún viejo —añadió Rebus.
—El cinismo no sirve de nada —dijo Zane, alzando la vista.
—Llámeme paragnóstico.
Zane sonrió y le tendió la mano; Rebus se la estrechó y sintió un gran calor y un hormigueo que le recorría el antebrazo.
—Escalofriante, ¿no? —comentó Jim Stevens leyéndole el pensamiento.
Rebus señaló con un gesto la documentación esparcida por las cuatro mesas.
—Bien, señor Zane, ¿siente algo?
—Sólo tristeza y sufrimiento, en grandes proporciones —respondió, cogiendo una de las últimas fotos robot de John Biblia—. Y como si hubiera banderas.
— ¿Banderas?
—Barras y estrellas y una esvástica. Un baúl lleno de objetos... —añadió con los ojos cerrados, las pestañas temblorosas—. En el ático de una casa moderna. —Abrió los ojos—. Nada más. Hace mucho, mucho tiempo.
Stevens había sacado su cuaderno de anotaciones y garabateaba unas líneas de taquigrafía. Alguien, desde la puerta, miraba sorprendido al grupo.
—Inspector, es hora de comer —oyó que decía Chick Ancram.
Ancram conducía un coche de la comisaría. Parecía algo distinto: más interesado por él y más cauteloso a la vez. La conversación entró en vía muerta.
Ancram señaló un cono de tráfico cerca del bordillo, que reservaba el único hueco de aparcamiento en toda la calle.
—Bájese a retirarlo, haga el favor.
Rebus le complació y puso el cono en la acera. Ancram aparcó dando marcha atrás con una precisión de milímetros.
—Se ve que tiene práctica.
—Es el sitio del dueño —replicó Ancram, ajustándose la corbata.
Entraron en The Lobby. Un bar de moda con un número excesivo de incómodos taburetes, paredes de azulejos blancos y negros y con guitarras eléctricas y acústicas colgadas del techo.