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—A eso he venido.

—Es que parece como si... —Rebus esbozó un gesto de contrariedad y Ancram dio un profundo suspiro—. Bien, escuche entonces. Tío Joe controla casi todo el negocio del músculo, y literalmente, porque es copropietario de un par de centros culturistas. De hecho, participa en casi todo lo que sean negocios turbios, cuando menos. Prestamismo, protección, zonas de prostitución, apuestas.

— ¿Drogas?

—Quizás. Hay muchos quizás en el caso de Tío Joe. Lo comprobará cuando lea el expediente. Es tan escurridizo como una anguila. Es dueño también de saunas de masaje–relax y tiene muchos taxis, de esos que no bajan la bandera cuando sube el cliente, o si lo hacen, tienen trucado el taxímetro. Todos los taxistas están en el ajo y se llevan su parte. Hemos entrado en contacto con algunos, pero ninguno dice nada en contra de Tío Joe. Se da el caso de que si la Seguridad Social comienza a indagar cualquier posible fraude, los inspectores reciben una carta en la que se indica su domicilio, nombre de su esposa con sus movimientos cotidianos, el nombre de los hijos y el colegio al que van...

—Ya entiendo.

—Y, claro, solicitan un traslado de departamento mientras el médico les da la baja por trastornos del sueño.

—Entendido. Tío Joe no es precisamente el hombre del año en Glasgow. ¿Dónde vive?

Ancram apuró su café.

—Eso es lo bueno: habita un piso subvencionado. Aunque recordará usted que también Robert Maxwell vivía en uno de ésos. Tendría que verlo.

—Es lo que pretendo.

Ancram movió la cabeza de un lado a otro.

—No podrá pasar del portal.

— ¿Se apuesta algo?

—Muy seguro le veo —replicó Ancram entornando los ojos.

Jack Morton pasó a su lado, poniendo los ojos en blanco a guisa de comentario general sobre la vida y hurgándose los bolsillos buscando monedas. Mientras la máquina le preparaba el café, se volvió hacia ellos.

—Chick, ¿en The Lobby?

—A la una —contestó Ancram con una inclinación de cabeza.

—Estupendo.

— ¿Y de socios qué? —inquirió Rebus, percatándose de que Ancram seguía sin pedirle que lo llamara por su nombre de pila.

—Ah, socios tiene muchos. Sus guardaespaldas son culturistas escogidos entre los mejores. Y dispone de algunos chalados, auténticos descerebrados. Los culturistas le cuidan el negocio, pero estos otros son el negocio. Uno de ellos era Tony El, un vendedor de bolsas de plástico loco por las herramientas eléctricas. Aún le quedan a Tío Joe uno o dos como él. Aparte de su hijo, Malky.

— ¿Mister cuchillos Stanley?

—Las salas de urgencia de todo Glasgow pueden confirmar esa afición.

— ¿Ya Tony El no se le ha visto por aquí?

Ancram negó con la cabeza.

—Pero tengo a mis confidentes husmeando y mañana podré decirle algo.

Se abrió la puerta del fondo del pasillo y dio paso a tres hombres.

—Bueno, bueno —canturreó Ancram por lo bajo—, aquí viene el de la bola de cristal.

Rebus reconoció a uno de ellos por la fotografía de una revista: Aldous Zane, el vidente norteamericano. Había colaborado con la policía estadounidense en la captura de Mac el Alegre, llamado así porque alguien que pasaba por el lugar en que cometía un asesinato —ajeno a lo que realmente sucedía detrás de una tapia— había oído una especie de risotada parecida a un gorgojeo. Zane expuso sus visiones sobre el domicilio del asesino y cuando por fin la policía lo detuvo, los medios de comunicación señalaron que la vivienda era asombrosamente parecida a la descrita por Zane.