Compró en Marchmont Road, desayunó en la cocina con el material de John Biblia y Johnny Biblia a guisa de mantel. Titulares sobre Johnny Biblia: «Capturen al monstruo», «El asesino con cara de niño se cobra una tercera víctima», «Aviso al público: Estén alerta». Muy parecidos a los titulares dedicados a John Biblia un cuarto de siglo antes.
La primera víctima de Johnny Biblia apareció en el Duthie Park de Aberdeen. Michelle Strachan era de Pittenweem, en Fife, así que sus amigos de la ciudad de granito la llamaban Michelle Fifer. No tenía nada que ver con su homónima, pues era baja y flaca, con una melena pardusca hasta los hombros y, además, dentona. Estudiante de la Universidad Robert Gordon, había sido violada y estrangulada; y del escenario del crimen faltaba un zapato.
La segunda víctima fue hallada seis semanas después: Angela Riddell, Angie para los amigos. Había trabajado anteriormente en una agencia de señoritas de compañía; fue detenida en una redada cerca de los muelles de Leith. Cantaba en un grupo de blues, con voz ronca, y se lo tomaba en serio. Una discográfica había editado en CD la única maqueta del grupo para ganar dinero con los morbosos. El DIC de Edimburgo había invertido miles de horas de trabajo rastreando el pasado de Angie Riddell, entrevistando a antiguos clientes, amigos y admiradores del grupo, por si aparecía algún putero convertido en asesino, algún forofo por el blues, lo que fuese. El cementerio de Warriston, lugar en que se encontró el cadáver, era frecuentado por los Ángeles del Infierno, aficionados a la magia negra y pervertidos y solitarios. En los días siguientes al hallazgo del cadáver, en lo más oscuro de la noche, había más posibilidades de tropezarse con somnolientas patrullas de policía que con gatos crucificados.
En el intervalo de un «ves se había, establecido la relación, entre los dos crímenes —pues Angie Riddell no sólo había sido violada y estrangulada, sino que le faltaba un collar muy peculiar con dos vueltas de cruces de cinco centímetros comprado en Cockburn Street—, cuando hubo un tercer asesinato, esta vez en Glasgow. Judith Cairns, Ju–Ju, cobraba el subsidio de paro, pero eso no le había impedido trabajar en una tienda de pescado y patatas fritas por las noches, en un pub algunos días a la hora de la comida y de camarera en un hotel los fines de semana por la mañana. En el lugar en que apareció el cadáver no se encontró rastro de aquella mochila que sus amigos juraban llevaba a todas partes, clubes y fiestas de ácido incluidos.
Tres mujeres, de diecinueve, veinticuatro y veintiún años, asesinadas en tres meses. Habían transcurrido dos semanas desde el último asesinato de Johnny Biblia; entre la primera y la segunda víctima el intervalo había sido de seis semanas y entre la segunda y la tercera se reducía a un mes, por lo que todos estaban a la expectativa, esperando lo peor. Rebus acabó el café, dio cuenta del cruasán y miró las fotos de las tres víctimas, ampliadas en grano grueso a partir de las publicadas en los periódicos: tres jóvenes sonrientes posando para una foto. La cámara siempre miente.