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Rebus sabía mucho sobre las víctimas y muy poco de Johnny Biblia. Aunque ningún policía lo admitiría en público, se veían impotentes y actuaban sin criterio. Bailaban al son que él les tocaba, esperando que cometiera un desliz por exceso de confianza, por aburrimiento o por el simple deseo de ser capturado, sabedor de la diferencia entre el bien y el mal. Aguardaban alguna denuncia de un amigo, un vecino, un ser querido, una llamada anónima tal vez, pero no falsa. Todos esperaban. Pasó el dedo por la foto más grande de Angie Riddell. La había conocido porque él estaba de servicio la noche de su detención en Leith; ella y muchas otras furcias. Había habido buen ambiente, muchas bromas y chirigota con los agentes casados. La mayoría de las prostitutas conocían la rutina y las más veteranas tranquilizaban a las nuevas. Angie Riddell se puso a acariciar el pelo a una jovencita histérica, una drogata. A Rebus le había gustado el gesto y fue él quien le tomó declaración. La había hecho reír. Se tropezó con ella dos semanas más tarde, yendo en coche por Commercial Street, y le preguntó qué tal estaba. Ella contestó que su tiempo valía dinero y que charlar salía caro, pero le ofreció un descuento si quería algo más sustancioso que hablar de bobadas. Él se echó a reír otra vez y la invitó a un té y un bollo en un café. Quince días después, al pasar otra vez por Leith, las chicas le dijeron que no habían vuelto a verla. Punto.

Violada, torturada, estrangulada.

Todo eso le recordaba los asesinatos de World's End ocurridos en octubre de 1977, homicidios de mujeres jóvenes, muchos de los cuales habían quedado sin resolver. El año anterior al caso Spaven, los cadáveres de dos quinceañeras que habían estado en el pub World's End de High Street, aparecieron a la mañana siguiente; maltratadas, con las manos atadas y estranguladas, sin bolsos ni joyas. Rebus no había intervenido en el caso, pero tenía compañeros que participaron en la investigación y aún les duraba la frustración de una tarea inconclusa con la que se irían a la tumba. Para muchos policías una investigación criminal era como si el muerto fuese un cliente, mudo y frío, que no dejaba de reclamar justicia. Y debía de ser cierto, porque a veces, si se escuchaba con atención, se los podía oír gritar. En aquel sillón, junto a la ventana, Rebus había oído muchos gritos de angustia. Una noche oyó a Angie Riddell y le partió el corazón, porque la había conocido y le gustaba. Por un instante se convirtió en algo suyo íntimo. Claro que le interesaba Johnny Biblia. Pero no sabía qué podía hacer. Seguramente su curiosidad por el antiguo caso de John Biblia era contraproducente. Le retrotraía al pasado y le robaba cada vez más tiempo del presente. A veces le costaba un esfuerzo ímprobo volver al aquí y ahora.

Tenía llamadas telefónicas que hacer. La primera a Pete Hewitt de Howdenhall.