Holmes estaba sentado al lado de Rebus. Su aspecto mostraba a las claras que le habían sacado de la cama en plena noche. Tenía el pelo revuelto, dos botones de la camisa desabrochados y no llevaba calcetines. Bostezó y movió la cabeza.
—No acabo de entender qué es lo que tengo que buscar.
—Algo que te llame la atención. No sé... cualquier cosa.
— ¿Tan en serio te lo tomas?
—Lawson Geddes se ha suicidado.
—Hostia —musitó Homes sin pestañear.
No le dio el pésame. Demasiados problemas tenía él.
—Otra cosa —añadió Rebus—. Podrías localizar a un ex presidiario que dijo ser la última persona que habló con Spaven. No recuerdo el hombre pero salió en todos los periódicos.
—Una pregunta: ¿crees que Geddes le tendió una trampa a Spaven?
Rebus fingió pensárselo y se encogió de hombros.
—Voy a contarte la verdad, no lo que redacté sobre el caso.
Rebus comenzó a hablar: Geddes llamando a su puerta, el fácil hallazgo de la bolsa, el estado obsesivo de Geddes y su curiosa tranquilidad después. La falsa justificación de una denuncia anónima. Holmes escuchaba en silencio. El cine comenzó a vaciarse, parejas de jóvenes abrazados y tonteando se apresuraban a coger el coche para estar juntos en casa. Motores en marcha, humo de tubos de escape y haces de faros y sombras alargadas sobre el muro de las rampas que el aparcamiento quedó desierto. Rebús concluyó su relato.
—Otra pregunta.
Se puso a la expectativa. Holmes pareció dudar y optó por desistir y dar su conformidad asintiendo con la cabeza. Rebus le leyó el pensamiento: él había apretado las tuercas a Minto a sabiendas de que tenía razón. Y, además, Holmes se daba cuenta ahora de que también había mentido para encubrir a Lawson Geddes y asegurar el veredicto de culpabilidad. En su cabeza se planteaba un doble interrogante: ¿era cierta la versión de Rebus? ¿Hasta qué extremo estaba pringado el poli que estaba sentado al volante?
¿Hasta qué extremo llegaría a pringarse Holmes antes de dejar la policía?
Rebus sabía que Nell le daba la lata a diario intentando persuadirle. Era lo bastante joven para iniciar otra carrera, otra profesión, algo limpio y sin riesgos. Aún estaba a tiempo de dejarlo, pero tenía que decidirse ya.
—Vale — dijo Holmes, abriendo la portezuela—. Empezaré lo antes posible. —Hizo una pausa—. Pero si encuentro algo sucio, algo oculto entre líneas...
Rebus encendió las luces del coche y arrancó.
Capítulo 4
Se despertó temprano. Tenía un libro abierto sobre el regazo. Miró el último párrafo leído antes de dormirse y no recordó nada. Habían echado el correo por debajo de la puerta: ¿quién tendría valor para trabajar de cartero en Edimburgo con tantos bloques de apartamentos y tanta escalera? El extracto de la tarjeta de crédito: dos supermercados, tres tiendas de bebidas y aquel disco raro de Bob Dylan. El impulso se apodera de uno el sábado por la tarde, tras una buena comida en el Ox... El single de Freak Out, un dineral; The Velvet Underground con un plátano pelado en la portada; Sergeant Pepper en mono con sus carátulas. Aún no los había escuchado. Los ejemplares que tenía de Velvet y los Beatles estaban rayados.