Abrió la bolsa y sacó una grabadora con micrófono.
Rebus dejó el vaso y se acercó a ella con las manos extendidas.
— ¿Me permite?
Ella le entregó el aparato sin titubear. El inspector cruzó el recibidor, pasó por la puerta abierta, se acercó al hueco de la escalera y dejó caer la grabadora, que se estrelló dos pisos más abajo contra el suelo de piedra. Ella corrió hacia él.
— ¡Esto lo pagará!
—Mándeme la factura y ya veremos.
Dio media vuelta, entró en el piso, cerró la puerta, echó la cadena haciendo ruido y espió por la mirilla hasta que la periodista se hubo marchado.
Sentado en el sillón junto a la ventana pensó en Lawson Geddes. Como buen escocés no podía llorar. Los llantos son para derrotas futbolísticas, historias de animales valientes, con Flor de Escocia como cierre. Cualquier tontería le hacía llorar, pero aquella noche sus ojos permanecieron secos.
Sabía que estaba metido hasta el cuello. Ahora sólo les quedaba él y redoblarían los esfuerzos por salvar el programa. Además, Burgess tenía razón: suicidio del preso y del policía, era un buen titular. Pero no tenía intención de ser él quien aportara más carnaza. Quería saber la verdad, igual que ellos, pero por distintos motivos, aunque ni siquiera atinaba a decir cuáles. Podía iniciar él mismo su propia investigación. El único problema era que cuanto más escarbara, más ensuciaría su reputación —o lo que quedaba de ella— y también la de su antiguo mentor, compañero y amigo. Había otro problema: no era lo bastante objetivo y no podría hacer esa investigación. Necesitaba un sustituto, un suplente.
Cogió el receptor y marcó siete cifras. Le respondió una voz somnolienta:
—Sí, ¿diga?
—Brian, soy John. Perdona que te llame tan tarde, pero necesito que me devuelvas el favor.
Se encontraron en el aparcamiento de Newcraighall. Las luces del cine universitario estaban encendidas. Alguna sesión golfa. El Mega Bowl cerrado; igual que el McDonald's. Holmes y Nell Stapleton se habían mudado a una casa de Duddingston Park, con vistas al campo de golf de Portobello y a la terminal de los trenes de mercancías. Holmes decía que el ruido no le molestaba para dormir. Podían haberse citado en el campo de golf, pero estaba demasiado cerca de Nell para gusto de Rebus. No la había visto desde hacía un par de años, ni siquiera en actos oficiales; ambos tenían el don de evitarse. Antiguas heridas que Nell obsesivamente seguía manteniendo abiertas.
Por eso habían quedado un par de kilómetros más lejos, en aquella especie de trinchera comercial rodeada de tiendas cerradas, un almacén de bricolaje y Toys R'Us. Eran polis aun estando fuera de servicio.
Sobre todo fuera de servicio.
Comprobaron por los retrovisores si estaban solos. No había nadie, pero de todos modos hablaron en voz baja y Rebus le puso al tanto de lo que quería.
—Necesito saber algunos datos antes de que los del programa de televisión me hagan la entrevista. Pero como para mí lo de Spaven es un caso muy personal, quiero que lo revises tú; anotaciones y actas del proceso. Léetelo todo a ver qué piensas.