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Qué raro que no llevase una entrada del concierto...

Sonó el timbre de la puerta: dos toques breves. Cruzó el recibidor, mirando la hora. Las once y veinticinco. Echó un vistazo por la mirilla, sin dar crédito a sus ojos, y abrió de par en par.

— ¿Y el resto del equipo?

Kayleigh Burgess en persona con una abultada bolsa colgando del hombro y el pelo recogido bajo una enorme boina verde, con mechones cayéndole sobre las orejas. Guapa y cínica a la vez, al estilo de «no me fastidies si no te doy pie». Rebus la conocía desde hacía un año.

—En la cama, lo más probable.

— ¿Quiere decir que ese Eamonn Breen no duerme en un ataúd?

Cauta sonrisa mientras nivelaba en el hombro el peso de la bolsa.

— ¿Sabe una cosa? —replicó sin mirarle, ocupada con la bolsa—.

No se hace usted ningún favor negándose a hablar de esto con nosotros. No le favorece en absoluto.

—Para empezar, no soy ningún modelo.

—Nosotros somos neutrales. Es la esencia de Justicia en directo.

— ¿Ah, sí? Claro, y a mí me encanta que me den la tabarra antes de irme a dormir...

—No se ha enterado, ¿verdad? —Ahora sí lo miraba—. No, no creo. No ha habido tiempo. Enviamos a Lanzarote un equipo para entrevistar a Lawson Geddes y esta tarde me llamaron...

Rebus conocía la actitud y el tono de voz, el mismo que él había adoptado en muchas circunstancias tristes para comunicar la noticia a familiares o amigos...

— ¿Cómo ha sido?

—Se suicidó. Parece que sufría de depresión desde que murió su esposa. Se pegó un tiro.

— ¡Hostia!

Se dio media vuelta, buscando el cuarto de estar y la botella de whisky con un peso en las piernas.

Ella le siguió y dejó la bolsa en la mesita de centro. Rebus señaló la botella y la periodista asintió. Chocaron los vasos.

— ¿Cuándo murió Etta?

—Hará cosa de un año. De un ataque al corazón, creo. Una de sus hijas vive en Londres.

Rebus la recordaba: una adolescente mofletuda con corrector de ortodoncia llamada Aileen.

— ¿Han estado acosando también a Geddes?

—No «acosamos», inspector. Simplemente recabamos la opinión de todo el mundo. Es importante para el programa.

—El programa —musitó Rebus, sacudiendo la cabeza—. Bien, ahora se han quedado sin programa, ¿no?

—No lo crea, inspector. —La bebida le había arrebolado las mejillas—. El suicidio del señor Geddes puede interpretarse como una admisión de culpabilidad. Es un titular de impacto.

Contraatacaba bien, y Rebus se preguntó si su anterior timidez no sería en gran parte fingida. Se percató en ese momento de que la tenía allí de pie, en un cuarto de estar lleno de discos, botellas vacías y montones de libros por el suelo. No podía dejarla pasar a la cocina, con los recortes de Johnny Biblia y John Biblia esparcidos sobre la mesa, prueba de su obsesión.

—Por eso he venido... en parte. Podía haberle dado la noticia por teléfono, pero pensé que era el tipo de cosas que conviene hacer en persona. Y ahora que sólo queda usted, como único testigo...