El caso Spaven debía haber sido asunto concluido aunque el condenado jurara inocencia, pero el preso Spaven comenzó a escribir y sus amigos sacaron los relatos de la cárcel bajo mano o sobornando a los guardianes, y los publicaron. Al principio eran historias de ficción, con una de ellas ganó el primer premio de un concurso convocado por un periódico. Al conocerse la verdadera identidad y las circunstancias del galardonado, el periódico publicó otro relato más extenso. A partir de ahí, Spaven siguió escribiendo y publicando y hasta compuso una obra teatral para la televisión que obtuvo sendos premios en Alemania y en Francia y fue representada en Estados Unidos, con una audiencia mundial de unos veinte millones de personas. Escribió después otra y a continuación una novela, antes de iniciar acto seguido la publicación de relatos autobiográficos, comenzando por su niñez. Pero Rebus sabía lo que Spaven acabaría contando.
Ya por entonces se había granjeado el apoyo de los medios de comunicación que pedían su excarcelación, propósito que se vino abajo a causa de una agresión de Spaven a otro recluso, a quien causó lesiones cerebrales. A partir de este incidente los relatos de Spaven se hicieron más patéticos que nunca: el agredido le tenía envidia por la expectación que él suscitaba e intentó matarle en la galería. Él sólo había actuado en defensa propia. Y como colofón, decía que no se habría visto en situación tan envidiable de no haber sido por culpa de un grave error de la justicia. La segunda entrega de la autobiografía de Spaven concluía con el caso Elsie Rhind y mencionaba a los dos policías que le habían tendido la trampa: Lawson Geddes y John Rebus. Spaven descargaba todo su rencor sobre Geddes y a Rebus le calificaba de simple peón, un lacayo de su amigo. Para Rebus no era más que una versión fantasiosa elucubrada como venganza durante los largos años de reclusión. Pero a lo largo de la lectura de aquellas entregas había advertido el modo en que Spaven manipulaba sin recato al lector, lo que le hizo recapacitar sobre el Lawson Geddes de la noche de marras ante su puerta y en las mentiras que habían elaborado a continuación...
Spaven se suicidó poco después: se rajó la garganta con un escalpelo haciéndose un tajo por el que cabía una mano. Según nuevos rumores había muerto a manos de los carceleros, que querían impedirle terminar la autobiografía porque explicaba pormenores de los años de reclusión y los malos tratos sufridos en las cárceles escocesas, o de presos envidiosos de su fama que habían dejado entrar en su celda.
Pero fue un simple suicidio. No dejó más que una nota, con tres borradores arrugados en el suelo, proclamando hasta el último momento su inocencia en el asesinato de Elsie Rhind. Los medios de comunicación comenzaron a barruntar una buena historia con la vida y la muerte de Spaven. Y ahora, el epílogo.
Primero: se había editado el tercer volumen inconcluso de la autobiografía —«enteroecedor», según un crítico, «un logro absoluto», según otro—, que se mantenía en la lista de best–sellers. En Prince Street te encontrabas con la cara de Spaven mirándote desde los escaparates de todas las librerías. Un trayecto que Rebus evitaba en lo posible.