Segundo: un preso que acababa de obtener la libertad había declarado a la prensa que era la última persona que habló con Spaven antes de morir, y porfiaba que sus últimas palabras habían sido: «Bien sabe Dios que soy inocente, pero estoy harto de repetirlo». El ex presidiario había cobrado del periódico 750 libras por la entrevista. Evidentemente, se trataba de una maniobra de la prensa sensacionalista.
Tercero: acababan de lanzar una nueva serie de televisión, Justicia en directo, una visión impactante del delito, el poder y los errores de la justicia. Tras el elevado índice de audiencia registrado en su emisión piloto —con el atractivo presentador Eamonn Breen, ídolo de las televidentes—, estaba en preparación la segunda, en la que el caso Spaven —decapitación, acusaciones y suicidio de alguien mimado por los medios de comunicación— constituía la primera entrega.
Con Lawson Geddes en el extranjero y sin dirección conocida, quien cargaba con el muerto era John Rebus.
Framed [ 5 ]de Alex Harvey, seguido de Living in the Past [ 6 ] de Jethro Tull.
Volvió a casa pasando por el Oxford Bar, un largo desvío que valía la pena. La decoración y los montajes visuales debían de ejercer cierto efecto hipnótico; única explicación posible de que los parroquianos se pasaran horas enteras mirándolos. El barman aguardó a que Rebus pidiera, pues por aquellos días no tomaba «lo de siempre»: en la variedad está el gusto, etcétera.
—Ron negro y media Best.
Hacía años que no bebía ron negro; le parecía propio de marineros. Pero Alian Mitchison lo bebía: motivo de más para pensar que trabajaba en el mar. Pagó, apuró el chupito de un trago, se enjuagó la boca con la cerveza y cuando quiso darse cuenta ya no le quedaba. El barman volvió con el cambio.
—Ahora una jarra de cerveza, Jon.
— ¿Con otro ron?
—No, por Dios.
Rebus se restregó los ojos y gorreó un cigarrillo a un tipo somnoliento que tenía al lado.
El caso Spaven... Le había hecho retroceder en el tiempo, forzándole a cotejar recuerdos y plantearse si la memoria no le jugaría malas pasadas. Un asunto inconcluso de veinte años atrás. Igual que el de John Biblia. Sacudió la cabeza, tratando de borrar la historia, y su pensamiento voló hacia Alian Mitchison y una caída en picado sobre una verja, que ves llegar con los brazos atados a una silla y una única alternativa: hacer frente a tu destino con los ojos abiertos o cerrados... Rodeó la barra hasta el otro extremo para telefonear y metió la moneda sin saber a quién iba a llamar.
— ¿Ha olvidado el número? — comentó un parroquiano al ver que recogía la moneda.
—Sí, ¿cuál es el teléfono de la Esperanza?
Ante su sorpresa, el hombre se lo sabía de memoria.
Cuatro parpadeos del contestador automático significaban cuatro mensajes. Leyó el manual de instrucciones que tenía abierto por la página seis, con la sección «Playback» encuadrada en bolígrafo rojo y párrafos subrayados. Siguió los pasos indicados y el aparato se avino a funcionar.