—A mí me parece que echa de menos la policía.
—Acaba por convertirse en un hábito —comentó Maclay sonriendo.
— ¿Por eso te divorciaste?
—Algo tuvo que ver.
Rebus pensó preocupado en Brian Holmes, en la tensión que agobia a los más jóvenes, y que afecta al trabajo y a la vida privada. Que se lo dijeran a él.
— ¿Y a Ted Michie, lo conoces?
Rebus asintió con la cabeza. Era a quien reemplazaba en Fort Apache.
—Dicen los médicos que es un caso terminal. Y él se niega a que le operen porque su religión prohíbe las armas blancas.
—Tengo entendido que en sus tiempos manejaba muy bien la porra.
Uno de los grupos de teloneros irrumpió en el entoldado entre aplausos dispersos. Cinco varones de veintitantos años, torso desnudo y toallas por los hombros, colocados con algo, tal vez con la simple actuación. Apretones y besos de las chicas, alaridos y carcajadas.
— ¡Los hemos dejado jodidamente muertos!
Rebus y Maclay continuaron bebiendo en silencio, no querían que los confundieran con promotores.
Cuando salieron del entoldado ya había oscurecido lo bastante para apreciar los efectos de la luminotecnia. Había, además, fuegos artificiales, lo que a Rebus le recordó que estaban en plena temporada turística y pronto tendrían la tradicional parada militar, con ocasión de la cual los fuegos artificiales se oirían desde Marchmont aunque cerraras las ventanas. Un equipo de filmación, acechado por los fotógrafos, agrandaba a su vez la inminente salida a escena del grupo telonero más famoso. Maclay observaba aquel cortejo.
—Te sorprenderá que no te acosen a ti —comentó irónico a Rebus.
—Vete a la mierda —replicó éste, dirigiéndose hacia el lateral del escenario.
Los pases tenían un código de colores y el suyo, amarillo, le permitía llegar a los bastidores, donde se quedó a ver la actuación. El sonido era muy deficiente, pero tenía unos monitores cerca y fijó en ellos su atención. El público se divertía y se agitaba por oleadas cual un mar de cabezas incorpóreas. Su pensamiento voló a la isla de Wight, uno de los festivales que se había perdido, algo que ya nunca se repetiría.
Volver a aquella época, veinte años antes, le hizo recordar a Lawson Geddes, su antiguo mentor, jefe y valedor.
Un John Rebus de apenas veinte años, agente de policía ansioso por dejar atrás el servicio militar, sus fantasmas y pesadillas. Soñaba con tener una esposa y una hijita. Tal vez buscaba un padre adoptivo y lo encontró en Lawson Geddes, inspector de policía de la ciudad de Edimburgo. Geddes, cuarenta y cinco años y ex combatiente de Borneo, contaba historias de la guerra en la selva como antídoto al fenómeno de los Beatles, pero en el Reino Unido a nadie le interesaban los últimos estertores de la fuerza colonial. Geddes y él tenían en común ciertos valores, sudores nocturnos y pesadillas de fracaso. Rebus, nuevo en el DIC, y Geddes, zorro viejo en todo lo relativo al mismo. Recordaba perfectamente el primer año de creciente amistad y le resultaba fácil olvidar ahora los pocos escollos: Geddes intentando conquistar a su joven esposa y a punto de lograrlo; él, borracho en una fiesta de Geddes, entrando a oscuras en una habitación para mearse en un armario que confundió con el váter; un par de puñetazos en un bar a punto de cerrar, golpes que no alcanzaron su objetivo y quedaron en simple forcejeo.