Back Black & Blue Save as PDF

Rebus se encogió de hombros; a él le agradaba aquella clase de servicios, aunque no sacase más que un par de compactos. Le invitó a Black Bush; Maclay bebió como si fuese gaseosa, por lo que Rebus le ofreció un caramelo de menta que él se echó a la boca dándole las gracias con una inclinación de cabeza.

—Han llegado esta tarde los resultados de la autopsia —dijo.

— ¿Y qué? —inquirió Rebus, que no había tenido tiempo de llamar.

Maclay trituró el caramelo entre los dientes.

—Falleció por efecto de la caída. Poco más.

La caída. Había pocas posibilidades para un veredicto de homicidio.

— ¿Y la toxicología?

—No han concluido los análisis. El doctor Gates comentó que cuando seccionó el estómago apestaba a ron negro.

—En la bolsa había una botella.

—Lo que bebía el difunto —agregó Maclay con gesto afirmativo—. Dice Gates que no parece haber indicios de droga, pero habrá que esperar a los análisis. Busqué en el listín telefónico a los Mitchison.

—Yo también. —Rebus sonrió.

—Lo sé; en uno de los números me dijeron que habías hablado con ellos. ¿Nada?

Rebus negó con la cabeza.

—Sólo un número de T—Bird Oil de Aberdeen. El jefe de personal ha quedado en llamarme —añadió.

Un oficial de Regulación de Comercio venía hacia ellos cargado con un montón de camisetas y programas de ordenador; el rostro enrojecido por el esfuerzo y la cabeza gacha. Tras sus pasos, otro oficial brigadista —de la División Livingston— escoltaba a un detenido.

— ¿Ya acaban, señor Baxter?

El oficial de Regulación de Comercio dejó las camisetas y cogió una para secarse el sudor de la cara.

—Más o menos —contestó—. Voy a reagrupar a mi tropa.

Rebus se volvió hacia Maclay.

—Me muero de hambre. Vamos a ver qué han preparado para las superestrellas.

Algunos fans trataban de romper la barrera de seguridad. Los que habían logrado infiltrarse, quinceañeros en su mayoría, chicos y chicas a partes iguales, deambulaban por detrás de los de seguridad a la caza de algún famoso como los que aparecían en los carteles que adornaban sus dormitorios, pero cuando veían uno no decían palabra de puro respeto o timidez.

— ¿Tienes hijos? —preguntó Rebus a Maclay.

Estaban en el entoldado, con sendas botellas de Beck que habían sacado de un frigorífico que Rebus no había visto en su primera incursión. Maclay negó con la cabeza.

—Divorciado antes de que ésa fuera la solución, ya ves qué gracia. ¿Y tú?

—Una hija.

— ¿Mayor?

—A veces pienso que es mayor que yo.

—Hoy día los críos crecen rápido.

Rebus sonrió al pensar que era diez años mayor que Maclay.

Dos guardias de seguridad obligaban a volver al perímetro del público a una chica que se resistía entre chillidos.

—Es Jimmy Cousins —dijo Maclay, señalando a uno de los gorilas—. ¿Lo conoces?

—Estuvo un tiempo destinado en Leith.

—Se jubiló el año pasado a los cuarenta y siete. Treinta años de servicio. Ahora tiene la pensión y un empleo. Es para pensárselo.