Back Black & Blue Save as PDF

—Pero no es homicidio —replicó MacAskill, encogiéndose de hombros—. La clave está en si trataban de asustarlo o de matarlo.

—No dejaré de preguntárselo.

—A mí me parece cosa de gángsteres; drogas quizás o un préstamo que no devolvió, o alguna estafa.

MacAskill volvió a sentarse, sacó una lata de Irn–Bru de un cajón, la abrió y bebió un trago. Nunca iba al pub después del trabajo, ni brindaba con whisky cuando el equipo de fútbol ganaba; nada de alcohol. Tanto más a favor de lo de la acera de enfrente. Le preguntó a Rebus si quería una.

—Estando de servicio, no, señor.

MacAskill reprimió un eructo.

—Averigüe más datos sobre la víctima, John, a ver si surge alguna pista. Apremie a los forenses para que identifiquen las huellas de las botellas y envíen el resultado de la autopsia. Lo primero es saber si consumía drogas. Eso nos facilitaría las cosas. No quiero irme a la nueva comisaría sin resolver un caso así. ¿Me ha entendido, John?

—Sin lugar a dudas, señor.

Se dio la vuelta para marcharse, pero el jefe seguía hablando:

—Ese problema de... ¿cómo se llama?

— ¿Spaven? —dijo Rebus, figurándoselo.

—Exacto, Spaven. Se ha silenciado, ¿no?

—Más silencioso que una tumba —mintió Rebus, al tiempo que salía del despacho.

Capítulo 3

Aquella noche —un compromiso contraído hacía tiempo— Rebus estaba de servicio en el estadio de Ingliston en un concierto de rock en que actuaban una estrella norteamericana y un par de teloneros ingleses de cierta fama. Formaba parte de un equipo de apoyo (mejor llamarlo de protección) constituido por ocho policías de la secreta procedentes de cuatro comisarías. Ayudaban a los sabuesos de Regulación de Comercio que iban a confiscar el género de contrabando —camisetas, programas de ordenador y discos compactos— con la aprobación de los representantes de los grupos musicales. Los habían provisto de pases para los camerinos, el escenario y para el recinto de invitados, con derecho a una bolsa–obsequio de artículos de los grupos.

—Para sus hijos, o nietos... —le comentó el acólito que repartía las bolsas, casi tirándosela.

Rebus se tragó una réplica y se encaminó a la barra sin saber qué escoger entre tantas botellas. Optó por una cerveza, pero luego pidió un Black Bush, aunque guardó la botella en la bolsa–obsequio.

Tenían dos furgonetas aparcadas fuera del recinto, lejos del escenario, llenas de infractores y mercancía. Maclay se dirigió hacia allí con un puño de hierro entre las manos.

— ¿A quién has matado, Heavy?

Maclay meneó la cabeza y se enjugó el sudor de la frente; parecía un ángel caído pintado por Miguel Ángel.

—Uno que no quería que inspeccionara su maleta. Se la perforé de un puñetazo y se acabó.

Rebus paseó la mirada por el furgón de los detenidos. Un par de chavales reincidentes y dos veteranos acostumbrados a aquella rutina. Una multa y confiscación de la mercancía. Apenas había comenzado el verano y quedaban muchos festivales por delante.

—Qué horrible estafa —dijo Maclay, refiriéndose a la música.