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Afuera ultimaban unas fotografías de la silla y las ligaduras, antes de separarlas del cadáver. La silla iría a parar también a una bolsa con las astillas que recogiesen. Tenía gracia el orden con que se realizaba todo: ordenar el caos. El doctor Curt aseguró que por la mañana tendrían el resultado de la autopsia. Rebus no hizo ninguna objeción. Montó en el coche patrulla y lamentó que no fuese el suyo, pues en el Saab guardaba media botella de whisky bajo el asiento del conductor. Aún habría bastantes pubs abiertos; los autorizados hasta medianoche. Pero se dirigió a la comisaría, a medio kilómetro de allí. Le dio la impresión de que Maclay y Bain acababan de llegar; sin embargo, ya se habían enterado.

— ¿Homicidio?

—Algo así —contestó Rebus—. Lo ataron a una silla con la cabeza metida en una bolsa de plástico y lo amordazaron con cinta adhesiva. Debieron de empujarle, tal vez saltó él mismo o quizá se cayó. Quien estuviera con él se marchó a toda prisa sin coger lo que habían comprado.

— ¿Heroinómanos? ¿Vagabundos?

Rebus negó con la cabeza.

—Los pantalones vaqueros parecían nuevos y llevaba unas Nike recién estrenadas. Y una cartera bien repleta con tarjeta de cuenta corriente y de crédito.

—Entonces, sabemos el nombre.

Rebus asintió con la cabeza.

—Alian Mitchison, con domicilio en Morrison Street. —Sacudió un manojo de llaves—. ¿Alguien quiere acompañarme?

Bain fue con Rebus y Maclay se quedó «de guardia en el fuerte», expresión más que manida en Fort Apache. Como Bain comentó que no le gustaba ir de pasajero, Rebus le cedió el volante. El sargento detective Dod Bain se había granjeado una reputación de sus tiempos en Dundee y Falkirk y todavía la conservaba en Edimburgo. Lucía una cicatriz bajo el ojo izquierdo, recuerdo de un navajazo, y de vez en cuando se la tocaba inconscientemente con el dedo. Con su metro sesenta y ocho era unos cuatro centímetros más bajo que Rebus y pesaba unos cinco kilos menos. Había competido en combates de boxeo de aficionado en los pesos medios —de zurdo—, conservando de aquello una oreja más baja que otra y aquella narizota que le tapaba media cara. Su pelo era corto y canoso. Estaba casado y tenía tres hijos. Poco había visto Rebus en Craigmillar que justificase su fama de duro; era un oficial normal, un investigador académico que cumplimentaba los formularios. Rebus acababa de deshacerse de un enemigo —el inspector Alister Flower, destinado a un puesto en la frontera entre Inglaterra y Escocia para capturar fornicadores de ovejas y carreristas de tractores— y no quería sustitutos.

Alian Mitchison vivía en un bloque de lujo del llamado «barrio financiero»; unos solares de Lothian Road transformados en centro de congresos y «apartamentos». Había un nuevo hotel en perspectiva y una compañía de seguros estaba instalada en el hotel Caledonian. Aún quedaba espacio para una expansión y para trazar más calles.

—Atroz —comentó Bain mientras aparcaba.

Rebus intentó recordar sin éxito cómo era el lugar un par de años atrás. ¿Era ya un enorme solar o habían demolido las casas? Aquello debía de estar a medio kilómetro de la comisaría de Torphichen, menos quizás, y él que creía conocer su terreno de operaciones... Pues no.