Había media docena de llaves en el llavero; abrieron la puerta principal y una vez en el portal bien iluminado, entre los buzones, localizaron el apellido Mitchison: apartamento 312. Rebus abrió el buzón y recogió el correo. Folletos y sobres de propaganda: «¡Ábralo! ¡El premio de su vida!» y cosas por el estilo, más un extracto de cuenta de la tarjeta de crédito. Abrió el extracto. La Voz de su Amo de Aberdeen, una tienda de deportes de Edimburgo —las 56,50 libras de las Nike— y un restaurante indio, también de Aberdeen. Dos semanas sin nada en el debe y otra vez el restaurante de Aberdeen.
Subieron al tercer piso en el exiguo ascensor, en el que Bain tapaba el espejo vertical, y buscaron el apartamento 312. Rebus abrió la puerta, vio que el panel de alarma del minúsculo recibidor parpadeaba y lo desconectó con una llave, mientras Bain daba con el interruptor y cerraba la puerta. El piso olía a pintura y yeso, alfombras y barniz. Nuevo y deshabitado. No había muebles; sólo un teléfono en el suelo al lado de un saco de dormir desplegado.
—Una vida sencilla —comentó Bain.
La cocina estaba perfectamente equipada —lavadora, fogones, lavavajillas, frigorífico—, pero la puerta de la secadora conservaba el sello adhesivo de fábrica y en la nevera no había más que el manual de instrucciones, una bombilla extra y un juego de elevadores. En el armarito bajo el fregadero había un cubo para basura conectado a la puerta para su apertura simultánea. Nada excepto dos simples latas de cerveza aplastadas y un envoltorio manchado de rojo que olía a pincho moruno o algo parecido. El único dormitorio estaba vacío, y también el armario empotrado, sin perchas. Bain sacó algo a rastras del reducido cuarto de baño: una mochila Karrimor azul.
—Como si hubiera venido sólo a ducharse, cambiarse y salir corriendo.
Vaciaron la mochila. Aparte de ropa había un radiocasete estéreo y cintas —Soundgarden, Crash Test Dummies, Dancing Pigs— y Wbit, la novela de Iain Banks.
—Tengo que comprármela —dijo Rebus.
—Quédatela, ¿quién te ve?
Rebus le lanzó una mirada en apariencia inocente al tiempo que negaba con la cabeza. No podía permitirse ningún desliz más. De un bolsillo lateral extrajo una bolsa de compras con más casetes —Neil Young, Pearl Jam y de nuevo los Dancing Pigs— y el ticket de caja de La Voz de su Amo de Aberdeen.
—Me da la impresión de que trabajaba en la ciudad de granito —dijo Rebus.
Del otro bolsillo lateral Bain sacó un folleto doblado en cuatro. Lo desdobló, lo abrió y se lo pasó a Rebus. Era una fotografía en color de una plataforma petrolífera con la leyenda: «LA PETROLERA T—BIRD ROMPE EL EQUILIBRIO» y un segundo titular: «Fuera las instalaciones marítimas. Una sencilla propuesta». En el interior, junto a otro texto, había mapas de colores, gráficos y estadísticas. Rebus leyó el primer párrafo:
—«Había en un principio, hace millones de años, organismos microscópicos que vivían y morían en los ríos y mares. Esos seres dieron su vida para que millones de años después —miró a Bain— nosotros vayamos en coche.»