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Habían levantado atestado de un fallecido en circunstancias sospechosas cuando menos, y los equipos forense y de fotografía intercambiaban impresiones. Un ayudante del fiscal charlaba con un médico forense, el doctor Curt, que vio a Rebus y le saludó con una inclinación de cabeza, pero el inspector no tenía ojos más que para el cadáver. En una especie de verja antigua rematada por pinchos, que rodeaba la casa, estaba empalado el cuerpo aún sangrante. A primera vista creyó que se trataba de una extraña deformidad del cadáver, pero al aproximarse vio que el muerto estaba atado con cinta adhesiva a una silla medio destrozada por la caída. Tenía la cabeza enfundada en una bolsa de plástico transparente, ahora medio llena de sangre.

—Me pregunto si tendrá una naranja en la boca —dijo el doctor Curt, acercándose al inspector.

— ¿Lo encuentra gracioso?

—Quería telefonearle. Siento lo de su... En fin...

—Craigmillar no está tan mal.

—No me refería a eso.

—Ya lo sé —dijo Rebus alzando la vista—. ¿Desde qué piso cayó?

—Desde el segundo, parece. Por aquella ventana.

Oyeron ruido a sus espaldas. Un agente vomitaba y un compañero a su lado le cogía por los hombros.

—Que bajen de ahí a ese pobre diablo y lo metan en un saco de cadáveres —dijo Rebus.

—No hay luz —comentó alguien a Rebus mientras le alargaba una linterna.

— ¿El suelo es seguro?

—Nadie se ha caído de momento.

Rebus recorrió el piso. Había estado en madrigueras como aquélla docenas de veces. Se advertía la presencia de pandillas, con su obsequio de orines y pintadas en las paredes. Otros se habían dedicado a arrancar todo lo que podía tener algún valor: moquetas, puertas, cables de luz, plafones. En el cuarto de estar, una mesa coja patas arriba y una manta arrugada con hojas de periódico. Un auténtico hogar en la ciudad. En el dormitorio no había nada; de las lámparas no quedaban más que los agujeros. En la pared, otro orificio enorme permitía asomarse al piso contiguo con igual panorama.

Los del departamento científico estaban inspeccionando la cocina.

— ¿Hay algo? —preguntó Rebus, y alguien iluminó un rincón con la linterna.

—Una bolsa repleta de bebida, señor. Whisky, ron, latas de cerveza y cosas de picar.

—Vaya juerga.

Rebus se acercó a la ventana. Junto a ella un agente apostado miraba cómo otros cuatro se esforzaban en desprender el cadáver de la verja.

—Más colocado no se puede estar —dijo el joven agente, volviéndose hacia Rebus—. ¿Usted qué cree, señor? ¿El borrachín se suicidó?

—A ver si haces honor al uniforme, hijo —comentó Rebus mientras se apartaba de la ventana—. Quiero huellas de la bolsa y su contenido. Si procede de una tienda de licores autorizada, seguramente habrá pegatinas con los precios; si no, podrían ser de un pub. Hay que buscar a una persona, o puede que a dos. Tal vez quien les vendió la bebida nos dé sus descripciones. ¿Cómo llegaron aquí? ¿Por sus propios medios? ¿En autobús? ¿En taxi? Hay que averiguarlo. ¿Cómo conocían este lugar? ¿Eran del barrio? Indaguen entre el vecindario. —Deambulaba ahora por la pieza y advirtió que había un par de inspectores jóvenes de St. Leonard y agentes de uniforme de Craigmillar—. Después asignaremos las tareas. Podría ser simplemente un horrible accidente o una broma que acabó mal, pero en cualquier caso la víctima no estaba sola. Quiero saber quién estaba con él. Gracias y buenas noches.