Era la primera noche de sus catorce días.
Al principio discurrían despacio, pero hacia el final aceleraban y te dejaban sorprendido por no haber aprovechado mejor el tiempo. Esa primera noche era la más larga. Era la que había que pasar bebiendo.
Se fueron a otro bar. Uno de sus nuevos amigos llevaba una vieja bolsa Adidas de plástico rojo con bolsillo lateral y la correa rota. Igual que una que tuvo a los catorce o quince años, cuando iba al colegio.
— ¿Qué llevas ahí, los trastos de hacer deporte? —dijo en broma.
Se echaron a reír dándose palmadas en la espalda.
En el nuevo local optaron por tomar chupitos. El pub estaba lleno de tías.
—No pararás de pensar en ellas en la plataforma —comentó uno de sus nuevos amigos—. Yo me vuelvo loco.
—O te pones ciego —dijo el otro.
—Yo también —añadió él, riendo y apurando otro Black Heart.
No solía beber ron negro; lo había iniciado un pescador de Stonehaven: OVD o Black Heart; a él le gustaba más el Black Heart. Por el nombre.
Había que comprar bebida para seguir la juerga. Estaba cansado. Tres horas de tren desde Aberdeen y antes, el helicóptero de la empresa. Ya estaban sus amigos comprando en la barra: una botella de Bell's, otra de Black Heart, doce latas de cerveza, patatas y cigarrillos. Allí salía muy caro, pero lo pagaron a escote, no querían gorrearle.
En la calle les costó encontrar un taxi. Circulaban muchos pero iban ocupados.
— ¿Qué es lo que haces exactamente en la plataforma? —preguntó uno de ellos.
—Procurar que no se hunda.
Tuvieron que apartarlo del bordillo de un tirón cuando intentó parar uno; perdió el equilibrio, cayó sobre una rodilla y le ayudaron a levantarse. Por fin paró un taxi para dejar a una pareja.
— ¿Es tu madre o es que estás desesperado? —le espetó al hombre. Sus amigos le dijeron que cerrara el pico y lo metieron en el taxi para acomodarle en el asiento de atrás—. ¿Pero habéis visto a esa tía? —les soltó—. Su cara... Una bolsa de patatas.
No irían a su piso: allí no había nada.
—Vamos al nuestro —dijeron sus amigos.
Así que sólo debía preocuparse de estar repantigado viendo las luces. Edimburgo era igual que Aberdeen; ciudades pequeñas, no como Glasgow o Londres. En Aberdeen había más dinero que clase y daba miedo; más miedo que Edimburgo. La carrera parecía no acabar nunca.
— ¿Dónde estamos?
—En Niddrie —oyó que decían.
No recordaba sus nombres y le daba apuro preguntar. El taxi paró por fin. Era una calle oscura; como si el vecindario no hubiese pagado la factura de la luz. Y así lo comentó.
Más risas, lágrimas y palmadas en la espalda.
Casas de alquiler de tres plantas, imitación piedra, con casi todas las ventanas protegidas por planchas metálicas o bovedillas.
— ¿Aquí vivís? —dijo.
—No todos podemos permitirnos comprar un piso,
Claro, claro. En muchos aspectos, él no podía quejarse. Abrieron de un empujón la puerta principal y entraron, sus dos amigos flanqueándole y echándole una mano al hombro. Era un portal húmedo y asqueroso y la escalera estaba medio obstruida por colchones rotos y tazas de sanitario, trozos de tubería y fragmentos de rodapié.