Chapters (2)
que quieres ayudarme cuando has sido tú el que más daño me ha hecho. No voy a volver a repetírtelo. —
Sé que mi voz suena monótona, tan poco convincente y tan vacía como me siento por dentro—. Vete.
Me duele la garganta de hablar tanto; no quiero hablar más. Lo único que quiero es que se marche y
me deje sola. De nuevo me centro en la pared e impido que mi cabeza me torture con imágenes del
cadáver de mi padre. Todo me trastorna, altera mi mente y amenaza con arrebatarme la poca cordura que
me queda. Estoy lamentando dos muertes, y eso está acabando conmigo.
El dolor no tiene la más mínima compasión: reclama la carne prometida, gramo por gramo, y no
parará hasta que no quede nada más de ti que una débil sombra de lo que fuiste. La traición y el rechazo
duelen, pero nada puede compararse con el dolor de estar vacía. Nada duele más que no sentir dolor, y el
hecho de que eso no tenga sentido y a la vez tenga todo el sentido del mundo me convence de que me
estoy volviendo loca.
Pero lo cierto es que no me importa.
—¿Quieres que te traiga algo de comer?
«¿Es que no me ha oído? ¿No entiende que no quiero que esté aquí?» Es imposible pensar que no
pueda oír el caos que reina en mi mente.
—Tessa —insiste al ver que no respondo.
Necesito que se aleje de mí. No quiero mirarlo a los ojos, no quiero oír más promesas que romperá
cuando empiece a dejar que el odio hacia sí mismo se apodere de él otra vez.
Me arde muchísimo la garganta, pero grito el nombre de la persona que de verdad se preocupa por
mí:
—¡Noah!
En cuanto lo hago, entra corriendo por la puerta del dormitorio, decidido a ser la fuerza de la
naturaleza que por fin sacará al inamovible Hardin de mi habitación y de mi vida. Noah se coloca delante
de mí y observa a Hardin, al que por fin me aventuro a mirar.
—Ya te he dicho que si me llamaba tendrías que marcharte —le dice.
Hardin deja entonces la ternura a un lado y lo fulmina lleno de rabia con la mirada. Sé que está
esforzándose por controlar su temperamento. Tiene algo en la mano…, ¿una escayola? Miro de nuevo y
confirmo que una escayola cubre su mano y su muñeca.
—Vamos a dejar algo claro —señala mientras se levanta y mira a Noah desde su altura—. Estoy
intentando que no se altere, y ésa es la única razón por la que no te he partido el cuello. Pero no tientes a
la suerte.
En mi deteriorado y caótico estado mental, veo la cabeza de mi padre cayendo hacia atrás y su
mandíbula abriéndose. Sólo quiero silencio. Quiero escuchar silencio, y necesito que haya silencio en mi
mente.
Me entran arcadas cuando la imagen se multiplica conforme sus voces se vuelven más fuertes y más