Back Amor infinito
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sorprendo cuando esta mujer, a la que creía de piedra, se apoya en la encimera para evitar caerse al suelo.

Las lágrimas descienden por su rostro, que está perfectamente maquillado a pesar de que son las

cinco de la mañana.

—Hacía años que no veía a ese hombre… ¡Él nos abandonó! ¡Me dejó tras prometerme una buena

vida un millón de veces! —Pasa las manos por la encimera y tira los tarros y los utensilios al suelo—.

¡Me mintió! ¡Abandonó a Tessa y me arruinó la vida! ¡Jamás he podido volver a mirar a otro hombre

después de Richard Young, y él nos abandonó! —grita.

Cuando me agarra del hombro y entierra la cabeza en mi pecho, sollozando y gritando, por un

instante se parece tanto a la chica a la que amo que no soy capaz de apartarla. Sin saber qué otra cosa

hacer, la estrecho con un brazo y permanezco en silencio.

—Lo deseé. Deseé que muriera —admite avergonzada y hecha un mar de lágrimas—. Lo esperé, me

decía a mí misma que volvería. Le deseé la muerte durante años, y ahora que le ha llegado, ni siquiera

soy capaz de fingir tristeza.

Nos quedamos así durante largo rato; ella llorando en mi pecho y diciéndome de diferentes maneras y

con diferentes palabras que se odia a sí misma por alegrarse de que haya muerto. Yo no sé qué decirle

para consolarla pero, por primera vez desde que la conozco, puedo ver a la mujer rota que se esconde

tras la máscara.

CAPÍTULO 25

Tessa

Tras pasarse unos minutos sentado conmigo, Noah se levanta, se estira y dice:

—Voy a traerte algo de beber. Y también tienes que comer un poco.

Me agarro de su camisa y sacudo la cabeza, rogándole que no me deje sola.

Suspira.

—Si no comes algo pronto, vas a caer enferma —dice, pero sé que he ganado la batalla. A Noah

nunca se le ha dado bien mantenerse firme.

Lo último que me apetece es beber o comer algo. Sólo quiero una cosa: que él se marche y no vuelva

jamás.

—Creo que tu madre le está diciendo a Hardin de todo menos bonito. —Intenta sonreír, pero fracasa.

Oigo sus gritos y el ruido de un golpe en la distancia, pero me niego a permitir que Noah me deje sola

en la habitación. Si me quedo sola, vendrá. Eso es lo que hace siempre, aprovecharse de la gente en su

momento más débil. Especialmente de mí, que he sido débil desde el día en que lo conocí. Apoyo la

cabeza de nuevo en la almohada y lo bloqueo todo: los gritos de mi madre, la voz grave de acento inglés

que le grita en respuesta, e incluso los reconfortantes susurros de Noah en mi oído.

Cierro los ojos y me pierdo entre las pesadillas y la realidad mientras intento decidir cuál de las dos

opciones es peor.

Cuando vuelvo a despertarme, el sol brilla a través de las finas cortinas que cubren las ventanas. Me