Back Amor infinito Save as PDF

Sé que parezco una loca, aunque, por una vez, me importa un rábano lo que esta gente piense de mí.

Sin darle la oportunidad de contestarme, continúo:

—¿Cómo puedes ser tan egoísta? ¿Crees que apartarme y encerrarte en ti mismo me hace algún bien?

¡Sabes perfectamente lo que va a pasar! No puedes vivir sin mí. Te sentirás desgraciado, y yo también.

No me estás haciendo ningún favor causándome daño, pero ¿tengo que venir y encontrarte así?

—No tienes ni puta idea de lo que estás diciendo —replica Hardin con voz grave e intimidante.

—¿Ah, no? —Echo las manos al aire—. ¡Lleva puesta tu puta camiseta! —grito, y señalo a la maldita

zorra, que se baja de la encimera y tira del dobladillo de la camiseta de Hardin para taparse los muslos.

Es mucho más menuda que yo, y la camiseta le está enorme. Esta imagen se me quedará grabada en

la memoria hasta el día en que me muera, lo sé. Siento cómo se graba a fuego en estos momentos; en

realidad, me quema todo el cuerpo, me arde de rabia, y en este momento de ira pura y absoluta… todo

encaja.

De repente, todo tiene sentido. Mis pensamientos anteriores sobre el amor y sobre no renunciar a la

persona que quieres no podrían estar más alejados de la realidad. He estado equivocada todo este tiempo.

Cuando amas a alguien, no dejas que te destruya con él ni dejas que te arrastre por el fango. Tratas de

ayudarlo, tratas de salvarlo, pero cuando ese amor es unilateral o egoísta, si sigues intentándolo es que

eres idiota.

Si lo amara, no dejaría que también arruinara mi vida.

Lo he intentado una y mil veces con Hardin. Le he dado un millón de oportunidades, y esta vez

pensaba que todo iría bien. De verdad llegué a creer que esto podría funcionar. Pensaba que, si lo amaba

lo suficiente, si lo intentaba con más empeño, podría funcionar y podríamos ser felices.

—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunta entonces interrumpiendo mi epifanía.

—¿Qué? ¿Pensabas que podrías irte de rositas con tu comportamiento tan cobarde? —Tras el dolor,

la ira empieza a crepitar. Me aterra que estalle, pero casi agradezco la determinación que me ha infundido.

Durante los últimos meses, las palabras de Hardin y su ciclo de rechazo me habían debilitado, pero

ahora veo nuestra volátil relación como lo que realmente es.

Inevitable.

Siempre ha sido inevitable, y no puedo creer que haya tardado todo este tiempo en darme cuenta, en

aceptarlo.

—Tienes una última oportunidad de venir conmigo ahora y volver a casa —le digo—; ahora bien,

como salga por esa puerta sin ti, esto se habrá terminado.

Su silencio y la mirada de superioridad que reflejan sus ojos de colocado me llevan al límite de mi

paciencia.

—Eso pensaba. —Ya ni siquiera estoy gritando. No tiene sentido. No me escucha. Nunca lo ha hecho

—. ¿Sabes qué? Quédate con todo esto. Pásate la vida bebiendo y fumando —me aproximo a él y me