tramo que da al segundo piso.
Al mirar hacia arriba, tengo que preguntarme por qué habrá venido Hardin aquí. ¿Por qué vendría a
este lugar para superar sus problemas? Cuando llego al tercer piso, mi corazón late deprisa y se me forma
un nudo en el estómago pensando en todas las cosas que podrían estar pasando tras esa segunda puerta
cubierta de grafitis y de arañazos.
Sacudo la cabeza para despejar todas mis dudas. ¿Por qué estoy tan paranoica y nerviosa? Estamos
hablando de Hardin, de mi Hardin. Por muy enfadado que esté y por mucho que quiera alejarse de mí,
aparte de espetarme algunas palabras crueles, él jamás haría nada que pudiera hacerme daño. Está
pasando por un momento muy duro con todo este asunto de su familia, y sólo necesita que entre ahí y me
lo lleve a casa conmigo. Me estoy obsesionando y agobiando por nada.
La puerta se abre justo antes de que llame, y un chico vestido de negro pasa por mi lado sin detenerse
y sin cerrar al salir. Las nubes de humo llegan hasta el rellano, y tengo que esforzarme por controlar mi
instinto de cubrirme la nariz y la boca. Atravieso el umbral, tosiendo.
Sin embargo, el espectáculo que tengo delante me detiene al instante.
Me quedo pasmada al ver a una chica medio desnuda sentada en el suelo. Miro alrededor de la
habitación y veo que casi todo el mundo está medio desnudo.
—Quítate la parte de arriba —le dice un chico con barba a una chica con el pelo decolorado.
Ella pone los ojos en blanco, pero se quita la camiseta y se queda en bragas y sujetador.
Al observar la escena un poco más, me doy cuenta de que están jugando a alguna especie de juego de
cartas que implica quitarse la ropa. La realidad es mejor que la conclusión que había sacado en un primer
momento; bueno, sólo un poco.
Es un alivio que Hardin no forme parte del grupo de jugadores de cartas cada vez más desnudos.
Inspecciono el atestado salón, mas no lo veo.
—¿Pasas o qué? —pregunta alguien.
Me vuelvo y busco la fuente de la que procede la voz.
—Entra y cierra la puerta —dice, y aparece por detrás de alguien que tengo a mi izquierda—. ¿Nos
conocemos, Bambi?
Se ríe, y yo me revuelvo incómoda al ver cómo sus ojos rojos recorren mi cuerpo y se fijan
demasiado tiempo en mi pecho de un modo totalmente vulgar. No me gusta el apelativo que ha escogido
para mí, si bien no quiero decirle cuál es mi verdadero nombre. Por el sonido de su voz, estoy segura de
que es la misma persona que me ha cogido el teléfono.
Niego con la cabeza; todas las palabras se disuelven en mi lengua.
—Soy Mark —se presenta, y me ofrece la mano, pero yo me echo hacia atrás.
Mark… Reconozco al instante ese nombre como uno de los que Hardin mencionó en su carta y en
otras historias que me ha contado sobre él. Parece bastante majo, aunque sé cómo es en realidad. Sé lo