Sólo sé de un lugar adonde ir a buscarlo, y si no está ahí, no tengo ni idea de qué voy a hacer.
Arranco el coche, pero me detengo con la mano en el cambio de marchas. No puedo conducir sin rumbo
fijo por Londres sin dinero y sin un sitio adonde ir.
Desesperada y preocupada, intento llamarlo, y casi lloro de felicidad cuando me coge el teléfono.
—¿Digaaa? ¿Quién es? —pregunta una voz masculina desconocida.
Me aparto el teléfono de la cara para comprobar que he llamado al número correcto, pero el nombre
de Hardin aparece claramente en la pantalla.
—¿Diiigaaaaaa? —repite el chico, arrastrando las sílabas de la palabra de nuevo.
—Sí, hola. ¿Está Hardin ahí? —Se me revuelve el estómago porque sé que este tipo no traerá nada
bueno, aunque no tengo ni idea de quién es.
De fondo se oyen risas y un barullo de voces; también se oye a más de una chica.
—Scott está… dispuesto en este momento —me informa el tipo.
«¿Dispuesto?»
—¡Se dice indispuesto, imbécil! —grita una chica de fondo, riéndose.
«Ay, Dios…»
—¿Dónde está? —El ruido cambia y sé que ha puesto en altavoz.
—Está ocupado —responde otro tipo—. ¿Quién eres? ¿Vas a venir a la fiesta? ¿Por eso llamabas? Me
gusta tu acento estadounidense, nena, y si eres amiga de Scott…
¿Una fiesta? ¿A las cinco de la tarde? Intento centrarme en ese estúpido hecho en lugar de en las
numerosas voces femeninas que oigo a través del auricular y en que Hardin esté «dispuesto».
—Sí —contesta mi boca antes de que mi cerebro reaccione—. Pero he perdido la dirección —digo
con voz temblorosa e insegura, aunque ellos no parecen darse cuenta.
El tipo que había cogido el teléfono me da la dirección, y la anoto rápidamente en navegador del
móvil. Se bloquea dos veces, y tengo que pedirle que me la repita, pero lo hace y me dice que me dé
prisa, alardeando orgulloso de que en esa fiesta hay más alcohol del que haya podido ver en toda mi vida.
Veinte minutos después, me encuentro en un pequeño aparcamiento junto a un edificio de ladrillo muy
deteriorado. Las ventanas son grandes, y las tres están cubiertas con lo que parece ser cinta aislante
blanca o, posiblemente, bolsas de basura. El parking está lleno de coches, y el BMW que he conducido
hasta aquí da mucho el cante. El único coche que se le parece mínimamente es el de alquiler de Hardin.
Está cerca de la parte delantera, bloqueado, lo que significa que ha llegado antes que el resto.
Cuando alcanzo la puerta del edificio, inspiro hondo para coger fuerzas. El desconocido que me ha
cogido el teléfono me ha dicho que era la segunda puerta del tercer piso. El triste edificio no parece lo
bastante grande como para tener tres plantas, pero, mientras subo la escalera, se demuestra que me
equivocaba. Un fuerte barullo y el denso olor a marihuana me dan la bienvenida antes de llegar al final del