siento que me arde el pecho? Lo odio por hacerme esto, tan rápido y por mera furia, y me odio a mí
misma por no haberme preparado. Debería ser fuerte en estos momentos; debería recoger la poca
dignidad que me queda, levantarme y marcharme con la cabeza bien alta. Debería coger este billete, mi
maldita maleta y largarme de Londres. Así es como actuaría cualquier mujer que tuviera amor propio.
Parece sencillo, ¿verdad? Continúo con eso en mente, pero mis rodillas no se mueven y mis manos me
cubren el rostro para tapar la vergüenza que siento mientras me rompo en mil pedazos por ese chico, otra
vez.
—Es un capullo —lo insulta Kimberly, como si yo no supiera que lo es—. Sabes que volverá; siempre
lo hace —dice contra mi pelo.
La miro y veo la rabia y la amenaza de una amiga protectora en sus ojos.
Me aparto suavemente de sus labios y niego con la cabeza.
—Estoy bien. De verdad, estoy bien —digo, más para convencerme a mí misma que a Kim.
—No, no lo estás —me corrige, y me coloca un mechón de pelo suelto detrás de la oreja.
De repente visualizo las manos de Hardin haciendo el mismo gesto, y me aparto.
—Necesito una ducha —le digo a mi amiga justo antes de desmoronarme.
No, no estoy rota. No estoy rota. Estoy vencida. Lo que siento ahora mismo es pura derrota. Me he
pasado meses y meses luchando contra lo inevitable, contra una corriente que era demasiado fuerte como
para enfrentarme a ella yo sola, y ahora se me ha tragado y no hay ningún salvavidas a la vista.
—¡¿Tessa? Tessa, ¿estás bien?! —grita Kimberly desde el otro lado de la puerta del cuarto de baño.
—Estoy bien —consigo responder, pero las palabras reflejan la debilidad que siento por dentro.
Aunque no siento ni la más mínima fuerza, puedo intentar ocultar un poco la debilidad.
El agua sale fría, lleva saliendo fría varios minutos…, puede que una hora incluso. No tengo ni la
menor idea de cuánto tiempo llevo aquí, acurrucada en el suelo de la ducha, con las rodillas contra el
pecho y el agua fría cayendo sobre mí. Antes notaba un dolor tremendo, pero mi cuerpo se ha vuelto
insensible hace ya rato, cuando Kimberly me ha preguntado por enésima vez si estaba bien.
—Tienes que salir de esa ducha —insiste—. No creas que no soy capaz de echar la puerta abajo.
No dudo ni por un momento de que sea capaz de hacerlo. Ya he pasado por alto su amenaza unas
cuantas veces, pero en esta ocasión alargo la mano y cierro el grifo del agua. No obstante, sigo sin
moverme del suelo.
Aparentemente satisfecha de que el agua haya cesado de correr, pasa otro rato más hasta que vuelvo
a oírla. Sin embargo, la siguiente vez que llama a la puerta le contesto que salgo dentro de un momento.
Para cuando me levanto, las piernas me tiemblan y tengo el pelo casi seco. Rebusco en mi bolsa y me