Back Amor infinito Save as PDF

Asiente.

—Menos cuando se mueren —dice—. Como mi madre.

Me quedo boquiabierto y lo miro a la cara.

—No deberías decir esas cosas. A la gente le resultarán… raras.

Se encoge de hombros como si quisiera decir que la gente ya lo encuentra raro. Y supongo que tiene

razón.

—Mi padre es bueno. No es malo.

—Vale… —Miro la mesa para evitar enfrentarme a esos ojos verdes.

—Me lleva a muchos sitios y me dice cosas bonitas. —Smith deja un vagón de un tren de juguete

sobre la mesa. ¿Qué le pasa a este niño con los trenes?

—¿Y…? —digo tragándome los sentimientos que me provocan sus palabras.

¿Por qué no para de hablar de eso ahora?

—A ti también te llevará a muchos sitios, y te dirá cosas bonitas —añade.

Lo miro.

—Y ¿por qué iba yo a querer que hiciera algo así? —pregunto, pero sus ojos verdes me revelan que

sabe mucho más de lo que pensaba.

Smith ladea la cabeza y traga un poco de saliva mientras me observa. Es lo menos científico y lo más

infantil y vulnerable que le he visto a este pequeño bicho raro.

—No quieres que sea tu hermano, ¿verdad? —dice entonces.

«Maldita sea.» Busco desesperadamente a Tessa, esperando que venga a salvarme. Ella tendrá las

palabras perfectas para una ocasión así.

Miro de nuevo a Smith e intento aparentar calma, pero no lo consigo.

—Yo no he dicho eso.

—No te gusta mi padre.

Afortunadamente, en ese momento, Tessa y Kimberly entran y me ahorran tener que responder.

—¿Estás bien, cielo? —le pregunta Kimberly alborotándole ligeramente el pelo.

Smith no dice nada. Se limita a asentir una vez, se peina con la mano y coge su vagón de tren y se lo

lleva consigo a la otra habitación.

CAPÍTULO 9

Tessa

—Dúchate, anda. Estás espantosa, hija —dice Kimberly en tono amable a pesar de que sus palabras

son poco halagadoras.

Hardin sigue sentado a la mesa, con una taza de café entre sus grandes manos. Apenas me ha mirado

desde que he entrado en la cocina y lo he encontrado hablando con Smith. La idea de que ambos pasen

tiempo juntos como hermanos me enternece el corazón.

—Tengo toda mi ropa en el coche de alquiler aparcado en ese bar —le digo a Kim.

Estoy deseando darme una ducha, pero no tengo nada que ponerme.

—Ponte algo mío —sugiere ella, aunque ambas sabemos que no cabría en su ropa—. O de Christian.

Tiene algunos shorts y una camiseta que…

—No, ni hablar —interrumpe Hardin lanzándole a Kimberly una mirada asesina y poniéndose de pie

—. Iré a por tus cosas. No vas a llevar nada suyo.

Ella abre la boca para protestar, pero la cierra antes de que salgan las palabras. La miro con

agradecimiento, aliviada de que no haya estallado ninguna guerra en la cocina de su suite del hotel.

—¿A qué distancia está Gabriel’s de aquí? —pregunto, esperando que alguno de ellos sepa la

respuesta.

—A diez minutos. —Hardin extiende la mano para que le entregue las llaves del coche.