Chapters (2)
Por el tono de voz del médico al otro lado del aparato y la mirada de Tessa, supe que mi peor
pesadilla se había hecho realidad.
Llevé a mi prometida al coche en brazos y, con cada uno de sus sollozos, yo me moría un poco. Fue
un viaje muy muy largo al hospital.
Media hora más tarde, nos lo confirmaron. Nos dieron la noticia con delicadeza: Tessa había perdido
el bebé. No obstante, cada vez que veía su mirada desolada, me atravesaba un dolor insoportable.
—Perdóname. Lo siento mucho —lloraba escondida en mi pecho cuando la enfermera nos dejó a
solas.
Le levanté la barbilla con la mano y la obligué a mirarme.
—No, nena. Tú no has hecho nada que tenga que perdonarte —le repetí una y otra vez. Le aparté el
pelo de la cara con ternura e hice todo lo que pude para no pensar que habíamos perdido lo que más nos
importaba.
Cuando llegamos a casa esa noche, le recordé a Tessa lo mucho que la quería, la madre tan fantástica
que iba a ser algún día, mientras lloraba en mis brazos hasta quedarse dormida.
En cuanto estuve seguro de que no iba a despertarla, empecé a dar vueltas por el pasillo. Abrí la
puerta del cuarto para el bebé e hinqué las rodillas en el suelo. Había ocurrido demasiado pronto y no
llegamos a saber el sexo de nuestro bebé, aunque yo llevaba tres meses preparando cosas para su llegada.
Las tenía guardadas en bolsas y cajas y necesitaba verlas una última vez antes de tirarlas. No podía dejar
que Tessa las encontrara. Quería protegerla de los pequeños zapatitos amarillos que Karen nos había
enviado por correo. Me desharía de todo y desmontaría la cuna antes de que ella se levantara.
A la mañana siguiente, Tessa me despertó con un abrazo. Yo estaba en el suelo del cuarto vacío del
bebé. No preguntó por los muebles que faltaban ni por el armario vacío. Se sentó en el suelo, conmigo,
con la cabeza en mi hombro, y comenzó a acariciarme los tatuajes de los brazos.
Al cabo de diez minutos, sonó mi móvil. Leí el mensaje, no muy seguro de cómo le sentaría a Tessa
la noticia. Alzó la vista y miró la pantalla.
«Ya viene Addy», leyó en voz alta. La abracé fuerte y sonrió, era una sonrisa triste, y se deshizo de
mi abrazo para enderezarse.
La miré durante una eternidad, o eso me pareció a mí, y los dos pensamos lo mismo. Nos levantamos
del suelo de la que iba a ser la habitación del bebé y nos plantamos una sonrisa en la cara para poder estar
en un momento tan importante con nuestros mejores amigos.
—Algún día seremos padres —le prometí a mi chica mientras conducíamos hacia el hospital para