Chapters (2)
Fue una mañana normal y corriente. Acababa de hablar por teléfono con Christian. Estábamos
preparando un viaje para que Smith viniera a pasar unas semanas con nosotros en verano. O ésa era la
excusa, puesto que en realidad quería convencerme para que publicara otro libro con Vance. La idea me
gustaba pero fingía que me daba pereza. Quería jugar un poco con él y le daba a entender que estaba
esperando una oferta mejor.
Tessa entró como un torbellino por la puerta, sudando. Tenía las mejillas sonrosadas por el aire frío
de marzo y el pelo enmarañado por el viento. Volvía de su paseo habitual a casa de Landon pero parecía
alterada, incluso asustada, y se me encogió el pecho.
—¡Hardin! —exclamó mientras cruzaba el comedor y entraba en la cocina. Tenía los ojos inyectados
en sangre y el alma se me cayó al suelo.
Me puse en pie y ella levantó una mano para indicarme que esperara un momento.
—¡Mira! —me dijo rebuscando en el bolsillo de su chaqueta. Esperé impaciente, en silencio, a que
abriera la mano.
Era un test de embarazo. Nos habíamos hecho demasiadas ilusiones en el último año, pero le
temblaba la mano y la voz se le quebraba cada vez que intentaba hablar. Entonces lo supe.
—¿Sí? —Fue todo lo que pude decir.
—Sí —asintió con la cabeza y en voz baja, pero con seguridad.
La miré y me cogió la cara con las manos. Ni me di cuenta de que se me caían las lágrimas hasta que
ella empezó a secármelas.
—¿Estás segura? —pregunté como un idiota.
—Sí, evidentemente. —Intentó reírse pero se echó a llorar de alegría, igual que yo.
La abracé y la senté en la encimera. Apoyé la cabeza en su vientre y le prometí al bebé que sería
mucho mejor padre de lo que nunca lo fueron los míos. El mejor padre de la historia.
Tessa se estaba arreglando para nuestra cita doble con Landon y su mujer, y yo estaba mirando una
de las muchas revistas de novias que Tessa tenía por el apartamento cuando lo oí. Un sonido casi
inhumano.
Procedía del baño del dormitorio. Me puse en pie de un salto y corrí hacia la puerta.
—¡Hardin! —repitió ella. Esta vez ya estaba en la puerta, y la angustia era mayor que en el grito
anterior.
Abrí la puerta y me la encontré sentada en el suelo, junto a la taza del váter.
—¡Algo va mal! —gritó sujetándose la barriga con las manos. Sus bragas estaban en el suelo,
manchadas de sangre, y sentí náuseas. No podía hablar.
En un instante estaba a su lado en el suelo, sujetándole la cara entre las manos.
—Todo irá bien —le mentí buscando el móvil en el bolsillo.