Chapters (2)
No me cabía el corazón en el pecho.
«Joder, si lo es», quise decir.
—Joder, si lo soy —contestó por mí. Puse los ojos en blanco y tomé nota mentalmente de que debía
advertirle acerca de que no dijera tacos delante de la niña. Ya no lo hacía tanto como antes, pero a veces
se le escapaban.
Emery empezó a contarle que Addy le había dicho que ya no eran mejores amigas y Hardin, como es
un padrazo, la escuchó de cabo a rabo y comentó cada frase. Para cuando terminaron, yo había vuelto a
enamorarme de mi chico malcarado.
Estaba apoyada en la pared en el momento en que él salió de la habitación y cerró la puerta. Sonrió al
verme.
—La vida en primer curso es muy dura —dijo entre risas, y lo abracé por la cintura.
—Sabes cómo tratarla. —Me acerqué a él todo cuanto mi barriga me lo permitía.
Me puso de lado y me besó en los labios.
Diez años después
Hardin
—¿Va en serio, papá? —Emery me lanzaba miradas asesinas desde el otro lado de la isleta de la
cocina. Tamborileaba con las uñas sobre la superficie de granito y ponía los ojos en blanco, igual que su
madre.
—Sí, muy en serio. Ya te lo he dicho: eres demasiado joven para eso.
Me destapé un poco el vendaje del brazo. La noche anterior me había retocado algunos de los
tatuajes del brazo. Era alucinante cómo se habían estropeado con los años.
—Tengo diecisiete años. Es el viaje de fin de curso. ¡El año pasado, el tío Landon dejó que Addy
fuera! —gritó mi preciosa hija.
Tenía el pelo liso y rubio y le colgaba por los hombros. Se movía cuando hablaba. Sus ojos verdes
eran intensos y seguía defendiendo su causa y diciendo que soy el peor padre del mundo, bla-bla-bla.
—¡No es justo! ¡Tengo una media de sobresaliente, y dijiste…!
—Ya basta, cariño. —Le pasé el desayuno por encima de la isleta y se quedó mirando los huevos
como si ellos también tuvieran la culpa de que yo le estuviera arruinando la vida—. Lo siento, pero no vas
a ir. A menos que accedas a que te acompañe de carabina.
—No, de eso ni hablar. —Meneó la cabeza con decisión—. Ni lo sueñes.
—Entonces olvídate del viaje.
Se fue dando zancadas y a los pocos segundos Tessa vino hacia mí, con Emery detrás.
«Maldita sea.»
—Hardin, ya lo hemos hablado. Se va de viaje. Ya se lo hemos pagado —me recordó Tessa delante
de nuestra hija.
Sabía que era su manera de enseñarme quién mandaba. Teníamos una regla, sólo una regla en nuestra
casa: nada de peleas delante de los niños. Mis hijos nunca iban a verme levantándole la voz a su madre.
Nunca.
Lo que no significaba que Tessa no me sacara de mis casillas. Era cabezota e insolente, unos rasgos
encantadores que no habían hecho más que acentuarse con la edad.
Auden entró entonces en la cocina con la mochila a cuestas y los auriculares puestos. Estaba