Chapters (2)
—¿Te sorprende? —me río mientras le doy otro beso.
Su boca me sabe a hogar, y llevo demasiado tiempo alejado de él y viviendo solo en Chicago. Tan
sólo se me han concedido pequeñas dosis de ella durante los últimos años.
—No —responde.
Sus dedos se apresuran a bajarme la cremallera de los pantalones, y sofoco un grito cuando me agarra
la polla por encima del bóxer.
Ha pasado mucho tiempo, demasiado.
—¿Cuándo fue la última vez que…?
—Contigo en Chicago —contesto—. ¿Y tú?
—Yo igual.
Me aparto, la miro a los ojos y sólo veo la verdad.
—¿En serio? —pregunto, aunque puedo leer en su rostro como si fuese un libro abierto.
—Sí, no hay nadie más. Sólo tú.
Me baja el bóxer y yo la levanto, la siento sobre la superficie de mármol y le separo los muslos con
las dos manos.
—Joder. —Me muerdo la lengua al ver que no lleva bragas.
Ella agacha la cabeza aturdida.
—Es que se me marcaban en el vestido.
—Vas a acabar conmigo, mujer.
Estoy duro como una puta piedra cuando me acaricia. Sus pequeñas manos ascienden y descienden
por mi polla.
—Tenemos que darnos prisa —gimotea desesperada y empapada cuando deslizo el dedo por su
clítoris.
Jadea e inclina la cabeza hacia atrás, contra el espejo, y separa las piernas más todavía.
—¿Me pongo un condón? —pregunto incapaz de pensar con claridad.
Al ver que no responde, le meto un dedo y acaricio su lengua con la mía. Cada beso sostiene una
confesión: «Te quiero» (intento demostrárselo); «Te necesito» (le chupo el labio inferior); «No puedo
volver a perderte» (se la meto y gimo con ella mientras la penetro).
—Estás muy prieta —jadeo.
Voy a hacer el ridículo corriéndome en cuestión de segundos, pero no se trata de satisfacerme
sexualmente a mí, sino de demostrarnos a ambos que somos algo inevitable. Somos una fuerza imbatible,
por mucho que lo intentemos o que lo intenten los demás.
Nuestro sitio está junto al otro, y ésa es la pura verdad.
—Joder. —Me clava las uñas en la espalda mientras yo entro en su calidez y vuelvo a penetrarla, esta
vez hasta el fondo.
Tessa me envuelve y su cuerpo se amolda a mí como siempre ha hecho.
—Hardin —gime contra mi cuello.
Siento sus dientes contra mi piel y un orgasmo asciende entonces por mi columna vertebral. Deslizo
una mano hasta su espalda, la atraigo más cerca de mí y la elevo ligeramente para alcanzar un ángulo más
profundo en su interior mientras uso la otra mano para masajear sus generosas tetas. Se desbordan de su
vestido, y yo succiono su piel y tiro de sus duros pezones con los labios, jadeando y gimiendo su nombre
mientras me corro en su interior.
Ella pronuncia el mío en rápidos jadeos cuando acaricio su clítoris mientras la penetro. El sonido de
sus muslos al impactar contra mí y el lavabo de mármol me pone tan cachondo que se me vuelve a poner