—Yo no sé nada y no he visto ni oído nada —le espetó la mujer intentando cerrar la puerta.
— ¿Está casada?
Abrió de nuevo.
— ¿Ya usted qué más le da?
Rebus se encogió de hombros. Buena pregunta.
—Él estará en el bar, lo más seguro —añadió ella.
— ¿Cuántos hijos tienen?
—Tres.
—Vivirán muy apretados.
—Eso es lo que no paramos de repetirles. Y nos dicen que estamos en la lista.
— ¿Qué edad tiene el mayor?
Ella entornó los ojos.
—Once años.
— ¿Cree que pudo haber visto algo?
—Me lo habría dicho —respondió ella, negando con la cabeza.
— ¿Y su marido?
—Lo habría visto todo doble —contestó sonriendo.
Rebus sonrió también.
—Bien, si se entera de algo... por los críos o por su marido...
—Sí, muy bien.
Y le cerró la puerta sin más.
Rebus subió a la otra planta. Cagadas de perro en el rellano y un condón usado. Lo miró evitando la asociación de ideas. Pintadas en la puerta: mamona, el cono de Su Majestad y dibujos de coitos de cómic, que la inquilina había desistido de borrar. Rebus tocó el timbre. No contestaban. Probó otra vez.
Una voz se oyó desde el fondo:
— ¡Largo, cabrón!
— ¿Podría hacerle unas preguntas?
— ¿Quién es?
—Departamento de Investigación Criminal.
Ruido de cadena. La puerta se entreabrió cuatro centímetros. Rebus vio media cara: una vieja, o quizás un viejo. Mostró su placa.
—No van a echarme. Me encerraré en el piso aunque tiren la casa.
—No vengo a echarla.
— ¿Cómo?
—Que nadie va a echarla —repitió, alzando la voz.
—Sí que quieren, pero yo no me voy. Dígaselo.
Le llegaba un olor como de carne podrida.
—Escuche, ¿se ha enterado de lo que pasó aquí al lado?
— ¿Cómo?
Rebus miró por la rendija de la puerta. Un recibidor lleno de hojas de periódico y latas vacías de comida para gatos. Lo intentó de nuevo.
—Aquí al lado mataron a una persona.
—A mí no me venga con cuentos, joven —replicó la anciana irritada.
—No le vengo con... Bah, al diablo.
Giró sobre sus talones y descendió las escaleras. De pronto el mundo exterior le pareció agradable al calorcillo del sol. Bueno, relativamente. Se llegó a la tienda de la esquina, hizo unas cuantas preguntas a los chicos y ofreció caramelos de menta a todos. Información no obtuvo, pero le sirvió de excusa para entrar en la tienda a comprar un paquete de extrafuertes, que se guardó en el bolsillo para después, y hacer un par de preguntas a la dependienta asiática, una chica de quince o dieciséis años guapísima. En el televisor, a buena altura en la pared, unos gángsteres de Hong Kong se destrozaban a tiros. La chica no sabía nada.
— ¿Le gusta Niddrie?
—No está mal —le contestó con acento de Edimburgo sin apartar la vista del televisor.
Rebus volvió a Fort Apache. En el «cobertizo» no había nadie. Tomó un café y se fumó un cigarrillo. Niddrie, Craigmillar, Wester Hailes, Muirhouse, Pilton, Granton... Todas esas barriadas le parecían una especie de horrible experimento de ingeniería social, obra de científicos con bata blanca que situaban a la gente en diversos laberintos, a ver qué pasaba, cómo encontraban la salida... Él vivía en una zona de Edimburgo donde los pisos de tres dormitorios se vendían por una suma de seis cifras. Le hacía gracia poder vender el suyo y hacerse inmensamente rico... salvo que, claro, no tendría dónde vivir y no podría mudarse a una zona mejor. Se daba cuenta de que estaba tan atrapado como los de Niddrie o Craigmillar; simplemente en una trampa más bonita.