Back Black & Blue Save as PDF

John Biblia se encogió de hombros.

—De Johnny Biblia. Estamos verificando una posible relación con ciertos casos antiguos.

El joven asintió con la cabeza.

—Bien, ¿y qué libros le interesan?

John Biblia le entregó una lista.

—Y los periódicos Scotsman y Glasgow Herald entre febrero del sesenta y ocho y diciembre del sesenta y nueve.

— ¿Qué quiere saber?

—La gente que los ha consultado. Necesito nombres y direcciones. ¿Puede hacerlo?

—Los periódicos originales se guardan en Causewayside; nosotros sólo conservamos microfilmes.

— ¡Qué dice!

—Pediré ayuda a un colega de allí. John Biblia sonrió.

—Mi periódico puede permitirse un suplemento con tal de obtener resultados. ¿Cuánto cree que querrá su amigo...?

Susurro de lluvia

No me olvides cuando me azote la maldad del cruel y del vanidoso

THE BATHERS, Ave the Leopards

Capítulo 5

La lengua escocesa es particularmente rica en vocabulario meteorológico: dreich y smirr (nublado y calabobos) son dos ejemplos.

Rebus tardó una hora en llegar a la ciudad de la lluvia y otros cuarenta minutos en dar con Dumbarton Road. No había estado en aquella comisaría de Partick, trasladada en 1993, aunque sí conocía la antigua, la «Marina». Circular en coche por Glasgow —puede ser una pesadilla si no se conoce el laberinto de calles de una sola dirección y la deficiente señalización de cruces.

Tuvo que dejar el automóvil en dos ocasiones para llamar por teléfono y que le orientaran, obligado las dos veces a guardar cola bajo la lluvia ante las cabinas. No era verdadera lluvia sino el chispear del smirr, una neblina de minúsculas gotas que te deja calado sin que te des cuenta. Venía del oeste, del océano Atlántico. Era lo que le faltaba a Rebus un lunes dreich por la mañana.

Al llegar a la comisaría, observó que había un coche aparcado con dos personas; por la ventanilla salían volutas de humo y el sonido de una radio. Periodistas, sin duda del turno de noche. Cuando no hay novedades sobre un caso, los periodistas se reparten la guardia en turnos para poder atender otras informaciones y los que quedan al acecho están obligados a comunicar inmediatamente a sus colegas cualquier nueva noticia sobre la investigación.

Cuando por fin franqueó la puerta de la comisaría oyó aplausos dispersos. Se acercó al mostrador.

—Por fin dio con ello, ¿no? Pensé que íbamos a tener que enviar patrullas en su búsqueda —comentó el sargento de guardia.

— ¿Y el inspector jefe Ancram?

—Está en una reunión. Dijo que subiera y esperase.

Rebus subió a la primera planta y vio que los despachos del departamento parecían una única sala de homicidios: en todos ellos había fotos de Judith Cairns en las paredes: Ju–Ju, viva y muerta. Y fotos del lugar del crimen, Kelvingrove Park, un rincón cubierto rodeado de setos. Habían establecido una lista de tareas; con una rutina de investigaciones a domicilio no esperaban obtener gran cosa, pero había que hacer un esfuerzo. Por todas partes veía agentes tecleando, conectados quizá con el ordenador SCRO, o con el HOLMES, el mayor banco de datos de Interior y a través del cual se procesaban todos los casos de homicidio por resolver. Varios equipos dedicados exclusivamente a esa tarea —policía secreta y agentes uniformados— atendían el sistema cargando los datos, verificándolos y documentándolos con referencias cruzadas. El propio Rebus, poco partidario de la nueva tecnología, reconocía las ventajas en comparación con el viejo sistema de ficheros. Se detuvo junto a. una pantalla para observar cómo se introducían unos datos, y al levantar la vista y ver una cara conocida, se apartó para saludar.