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Se desvistió, se dio una ducha y se puso un atuendo más informal: un blazer azul marino y pantalones caqui. Decidió no arriesgarse utilizando el teléfono de la habitación, en recepción controlarían las llamadas, y salió del hotel. Ahora ya no había cabinas con listín; se encaminó a un pub, pidió una tónica y el listín de teléfonos a la camarera. La camarera —unos veinte años, piercing en la nariz y pelo rosa— se lo entregó sonriente. Se acomodó en una mesa, sacó la libreta y el bolígrafo, apuntó unos números y se dirigió al teléfono del fondo, junto a los servicios; un sitio discreto para sus propósitos, y más a aquella hora en que el local estaba casi vacío. Llamó a un par de libreros y a tres bibliotecas. Los resultados le parecieron satisfactorios aunque no reveladores, pero ya sabía que iba a ser un proceso muy largo. Pese a contar con la ventaja de su propia experiencia, lo cierto era que la policía disponía de centenares de personas, de ordenadores y de los medios de difusión. Y ellos podían investigar abiertamente. Era evidente que la investigación que él hacía sobre el Advenedizo requería mayor discreción. Pero, por otra parte, no podía hacerla solo y ahí estaba el riesgo. Al intervenir terceros siempre hay un riesgo. Había reflexionado sobre ese dilema durante mucho tiempo: un platillo de la balanza lo ocupaba su deseo de localizar al Advenedizo y el otro el peligro de que al hacerlo pudiera levantar sospechas.

Por todo ello se había preguntado hasta qué extremo deseaba cazar al Advenedizo.

La respuesta fue que por encima de todo. Naturalmente.

Pasó la tarde por los aledaños del puente Jorge IV y merodeó junto a la Biblioteca Nacional de Escocia y la Biblioteca Central de Préstamos. Tenía carnet de lector de la Nacional porque había realizado allí unas indagaciones para asuntos de la empresa y sobre la Segunda Guerra Mundial, su afición de entonces. Curioseó también en algunas librerías de ocasión de los alrededores y preguntó si tenían algún libro sobre crímenes auténticos, alegando que le movía su interés por los asesinatos de Johnny Biblia.

—Sólo tenemos media estantería policíaca —le dijo la dependienta de la primera tienda, señalándosela.

John Biblia fingió interesarse hojeando los volúmenes y volvió al mostrador.

—No; no hay nada que me interese. ¿Se pueden encargar libros?

—No exactamente, pero anotamos peticiones... —respondió la mujer, sacando y abriendo un grueso libraco—. Si anota lo que busca, nombre y domicilio, y el libro pasa por nuestras manos, le avisaremos.

—Estupendo.

John Biblia sacó el bolígrafo y escribió morosamente mientras leía los últimos encargos. Pasó una página hacia atrás y repasó la lista de títulos y nombres.

—Hay que ver qué gustos tan variados tiene la gente —comentó a la dependienta, sonriente.

Utilizó el mismo truco en otros tres comercios, pero no encontró pistas del Advenedizo. Luego, se dirigió al anexo de la Biblioteca Nacional en Causewayside, donde guardaban los periódicos recientes, y curioseó los ejemplares de un mes de Scotsman, Herald y Press and Journal, tomando nota de algunas noticias sobre agresiones y violaciones. Claro que, aunque hubiese una primera víctima fallida, no significaba necesariamente que el conato se hubiera publicado en la prensa. Los norteamericanos tenían una palabra para designar lo que él hacía: trabajo sucio.