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Ancram bufó. Hablaba con acento de la Costa Oeste, nasal, arrastrando las palabras, con un tonillo de condescendencia.

— ¿El Tío Joe Corleone? ¿Nuestro querido padrino? ¿Ha hecho algo que yo ignore?

— ¿Conoce usted a uno de sus hombres llamado Anthony Kane?

—Tony El —asintió Ancram—. Trabajó muchos años para Tío Joe.

— ¿Trabajó?

—No se ha vuelto a saber nada de él desde hace tiempo. Se dice que el jefe se enfadó con él y le envió a Stanley. Tony El quedó muy afectado.

— ¿Qué Stanley?

—El hijo de Tío Joe. No es su verdadero nombre, pero todos le llaman Stanley por su afición.

— ¿Cuál?

—Cuchillos Stanley. Es coleccionista.

— ¿Cree que Stanley se cargó a Tony El?

—Bueno, el cadáver no ha aparecido todavía, lo que suele ser una prueba, en el mal sentido.

—Tony El está bien vivo. Estuvo aquí hace unos días.

—Ah. —Ancram guardó silencio. Como ruido de fondo, se oían voces dando órdenes, transmisiones de radio y sonidos típicos de una comisaría—. ¿Una bolsa en la cabeza?

— ¿Cómo lo sabe?

—Es la marca de fábrica de Tony El. Así que ha vuelto a la circulación, ¿no? Inspector, creo que es mejor que nos veamos. El lunes por la mañana. ¿Sabe dónde está la comisaría de Govan? No, espere; pase por Partick, en Dumbarton Rod 613. Tengo allí una reunión a las nueve. ¿Qué le parece a las diez?

—Muy bien. A las diez.

—Hasta entonces.

Rebus colgó y se dirigió a Bain:

—El lunes a las diez estaré en Partick.

—Qué cabrón —espetó Bain como si lo dijera en serio.

— ¿Quieres que difundamos la descripción de Tony El? —preguntó Maclay.

—Ahora mismo. A ver si podemos echarle el guante antes del lunes.

John Biblia volvió en avión a Escocia una espléndida mañana de viernes. Lo primero que hizo en el aeropuerto fue comprar periódicos. Observó en el quiosco que había salido otro libro sobre la Segunda Guerra Mundial y lo compró también. Sentado entre los demás pasajeros, hojeó los diarios y no encontró ninguna nueva noticia sobre el Advenedizo. Dejó la prensa en el asiento y se acercó a la cinta transportadora de equipajes a recoger su maleta.

Un taxi le llevó a Glasgow. Había decidido no quedarse en la ciudad. No porque tuviese nada que temer, sino porque no tenía sentido quedarse. Glasgow le traía recuerdos agridulces. A finales de los sesenta, la ciudad había comenzado a reinventarse, derribando sus barrios bajos y levantando en la periferia los sucedáneos en hormigón, además de nuevas calles, puentes y autopistas: eso había afectado a toda la urbe. Y tenía la impresión de que el proceso se prolongaba, como si la ciudad no hubiese logrado aún el aspecto que le convenía.

Algo de lo que John Biblia sabía bastante.

En la estación de Queen Street tomó un tren para Edimburgo y por el móvil reservó habitación en su hotel habitual a cuenta de la empresa. Llamó a su esposa para decirle dónde iba a estar y, como llevaba el ordenador portátil, aprovechó para trabajar un poco durante el trayecto. El trabajo le apaciguaba; tener el cerebro ocupado era lo mejor. Así que a trabajar, pues «no se os dará la paja, y habéis de hacer la misma cantidad de ladrillos», Éxodo. En aquel entonces los medios de comunicación le habían hecho un favor, igual que la policía, al publicar su descripción señalando que se llamaba John y que «le gustaba citar pasajes de la Biblia». No era totalmente cierto lo uno ni lo otro, pues John era su segundo nombre de pila y sólo en ocasiones citaba algún pasaje del libro santo. Aquellos últimos años había vuelto a la iglesia, pero ahora lo lamentaba, lamentaba haber pensado que no había peligro.