—Si es tan amable. Y envíeme por fax el expediente personal.
— ¿Dice usted que ha muerto?
—Según las últimas noticias.
—Entonces, no habrá problema alguno. ¿Cuál es el número de fax?
Rebus se lo indicó y colgó. Bain le hacía señas para que se acercase. Cruzó la sala y se situó a su lado para ver mejor el monitor.
—Este tío está loco —dijo Bain.
Su teléfono sonó, cogió el auricular y empezó a hablar.
Rebus leyó en la pantalla: Anthony Ellis Kane, alias «Tony El», fichado desde joven. En la actualidad tenía cuarenta y cuatro años y la policía de Strathclyde le conocía bien. La mayor parte de su vida adulta había trabajado para Jóseph Toal, más conocido por Tío Joe, quien prácticamente mandaba en Glasgow ayudado por los músculos de su hijo y elementos como Tony El. Bain colgó.
—Tío Joe —musitó—. Si Tony El sigue con él, podría tratarse de un caso muy distinto.
Rebus pensaba en lo que había dicho el jefe: «Me huele a cosa de gángsteres». Drogas o ajuste de cuentas. Quizá MacAskill tuviera razón.
— ¿Sabes qué significa esto?
Rebus asintió con la cabeza.
—Un viaje a Glasgow.
Las dos principales ciudades de Escocia, a cincuenta minutos por autopista, eran vecinas recelosas, como si desde tiempos inmemoriales una de ellas hubiera acusado a la otra de algo y el reproche, fundado o no, siguiera agraviando. Como Rebus tenía un par de conocidos en el DIC de Glasgow, fue a su mesa a hacer dos llamadas.
—Si quiere información sobre Tío Joe —le dijeron en el segundo número—, será mejor que hable con Chick Ancram. Espere, le doy su número.
Resultó que Charles Ancram era el inspector jefe de Govan. Rebus malgastó media hora intentando localizarlo y salió a dar una vuelta. Las tiendas que había frente a Fort Apache eran los típicos locales de puertas metálicas y verjas, la mayoría de propietarios asiáticos, aunque los dependientes fueran blancos. Vio a varios hombres deambulando por la calle principal, en camiseta, luciendo tatuajes y fumando. Su mirada era tan poco de fiar como la de una comadreja en un gallinero.
«¿Huevos? Yo no, gracias, amigo. No puedo ni verlos.»
Rebus compró cigarrillos y un periódico. Al salir de la tienda un cochecito de niño le golpeó en los tobillos y una mujer le gritó que mirase por dónde cono iba, largándose acto seguido a toda velocidad y tirando de otro pequeño. Tendría veinte o veintidós años, pelo teñido de rubio, dos incisivos mellados y brazos tatuados. En la acera de enfrente una valla publicitaria incitaba a gastar veinte mil libras en un coche nuevo. Detrás, un supermercado sin clientes, con el aparcamiento transformado por los críos en pista de monopatines.
Al regresar al «cobertizo», Maclay, que estaba al teléfono, le pasó el auricular.
—El inspector jefe Ancram, que contesta a tu llamada.
—Diga —respondió Rebus recostado en el escritorio. , — ¿Inspector Rebus? Aquí Ancram. ¿Quería hablar conmigo?
—Sí, gracias por llamarme, señor. Sólo dos palabras: Joseph Toal.