Chapters (2)
Me he calmado bastante, pero siguen fastidiándome sus preguntas y sus miradas de reproche. Trabaja
en el hospital más concurrido de Londres, seguro que ha visto cosas mucho peores, y aun así tiene que
mirarme mal cada vez que puede.
—Ro-ta —dice lentamente—. Tienes la mano rota, y tendrás que llevar una escayola durante algunas
semanas. Te recetaré algo para el dolor, pero tendrás que limitarte a esperar a que los huesos vuelvan a
unirse.
No sé qué me da más risa, si la idea de llevar una escayola o que piense que necesito ayuda para
controlar el dolor. No hay nada que pueda venderse en una farmacia que consiga aliviar mi dolor. A no ser
que tengan a una rubia altruista de ojos grises en las estanterías, no tienen nada que me sirva.
Una hora después, me cubren la mano y la muñeca con una escayola gruesa. Intenté no reírme en la
cara del viejo cuando me preguntó de qué color la quería. Recuerdo que cuando era niño deseaba que me
pusieran una escayola para que todos mis amigos firmaran y dibujaran en ella con un rotulador
permanente; el problema era que no tenía ningún amigo hasta que encontré mi lugar con Mark y James.
Los dos han cambiado mucho desde la adolescencia. Bueno, Mark sigue siendo un colgado con el
cerebro frito por haber consumido demasiadas drogas. Eso ya no tiene solución. Pero los cambios en
ambos son bastante evidentes. James se ha vuelto un calzonazos por una estudiante de Medicina, cosa
que jamás habría imaginado. Mark sigue siendo un salvaje y sigue viviendo en un mundo sin
consecuencias, aunque se ha relajado un poco y se siente cómodo con su forma de vida. En algún
momento durante los últimos tres años, ambos perdieron la dureza que solía cubrirlos como una manta.
No, como un escudo. No sé qué fue lo que provocó ese cambio, pero dada mi actual «situación», no me
hace ninguna gracia. Esperaba a los mismos capullos de hace tres años, y esos tipos han desaparecido.
Sí, continúan consumiendo más drogas de lo que es humanamente posible, pero ya no son los
delincuentes malintencionados que eran cuando me marché de Londres años atrás.
—Recoge las medicinas y ya puedes marcharte. —El médico asiente rápidamente y luego me deja a
solas en la sala de reconocimiento.
—Joder. —Golpeo suavemente la dura superficie con la estúpida escayola.
Menuda mierda. ¿Podré conducir mientras la lleve? ¿Podré escribir?
Joder, no. Y además, de todos modos no necesito escribir nada. Tengo que cortar esa mierda; llevo
demasiado tiempo haciéndolo, y mi mente sobria aún me juega malas pasadas, me cuela pensamientos y
recuerdos cuando estoy demasiado distraído como para bloquearlos.