Chapters (2)
—Hola, nena —le susurré a flor de piel.
—Hola, papaíto —respondió.
Levanté una ceja. El modo en que dijo esa palabra hizo que mi polla se sacudiera, y sus manos
ascendieron lentamente por mis muslos.
—¿Papaíto? —dije con voz grave, y Tessa se echó a reír nerviosa, una risa tonta fuera de lugar.
—No esa clase de papaíto. Pervertido. —Me pasó la mano por la abultada entrepierna y le di la vuelta
para poder verle la cara.
Estaba sonriente, con una sonrisa resplandeciente, y no era capaz de hacerla encajar con lo que me
estaba diciendo.
—¿Lo ves? —Se metió la mano en el bolsillo del vestido y sacó algo. Un papel.
Yo no entendía nada, pero tengo fama de no pillar las cosas importantes a la primera. Lo desdobló y
me lo puso en la mano.
—¿Qué es? —pregunté mirando el texto borroso.
—Estás estropeando el momento —me regañó.
Me eché a reír y me acerqué el papel a la cara.
«Análisis de orina positivo», decía.
—¡Mierda! —dije con un grito quedo y sujetando el papel con más fuerza.
—¿Mierda? —Se echó a reír, con sus ojos gris azulado cargados de emoción—. Me da miedo
ilusionarme demasiado —confesó rápidamente.
Le cogí la mano con el papel arrugado entre nosotros.
—No tengas miedo. —Le di un beso en la frente—. No sabemos lo que va a pasar, así que vamos a
ilusionarnos todo lo que nos dé la gana —dije, y volví a besarla.
—Necesitamos un milagro —asintió ella, intentando bromear, pero parecía muy seria.
Siete meses después, tuvimos un pequeño milagro llamado Emery.
Seis años después
Tessa
Me encontraba sentada a la mesa de la cocina de nuestro nuevo apartamento tecleando en el
ordenador. Estaba organizando tres bodas a la vez y estaba embarazada de nuestro segundo hijo. Un
chico. Íbamos a llamarlo Auden.
Auden iba a ser un chico grande. Tenía una barriga enorme y la piel estirada de nuevo por el
embarazo. Estaba muy cansada, pero decidida a seguir trabajando. Faltaba una semana para una de las
tres bodas y, si digo que estaba ocupada, me quedo corta. Mis pies se habían hinchado y Hardin me
regañaba por trabajar tanto, pero sabía cuándo dejarlo estar. Había conseguido obtener al fin unos
ingresos decentes y me estaba haciendo un nombre. En Nueva York no es fácil abrirse camino en el
mundo de las bodas, pero yo lo había conseguido. Gracias a la ayuda de una amiga, mi negocio estaba
floreciendo y tenía el buzón de voz y el correo electrónico llenos de consultas.
A una de las novias le estaba entrando el pánico. En el último momento, su madre había decidido
invitar a su nuevo marido a la boda y ahora teníamos que reorganizar las mesas. Pan comido.
Se abrió la puerta principal y Emery pasó corriendo junto a mí, pasillo abajo. Ya tenía seis años. Su
pelo era aún más rubio que el mío y lo llevaba recogido en un moño despeinado. Esa mañana la había