Chapters (2)
justa, y las uñas pintadas a juego con mi toga y mi birrete. Se había pasado un poco pero estaba orgullosa
de mí, y ¿quién era yo para aguarle la fiesta? Me había criado para que tuviera éxito en la vida y para que
fuera todo lo que ella no había podido ser, y ahora que era adulta lo entendía.
—Gracias —le contesté mientras me daba su brillo de labios.
Lo acepté gustosa a pesar de que ni quería ni necesitaba retocarme el maquillaje. Parecía complacida
de que no ofreciera resistencia.
—¿Hardin sigue ahí fuera? —le pregunté. El brillo de labios era demasiado oscuro y demasiado
pegajoso para mi gusto, pero sonreí de todos modos.
—Está charlando con David. —Ella también sonreía y mi corazón se alegró un poco más. Mi madre
se pasó los dedos por las puntas de sus rizos—. Lo ha invitado a esa gala en la que va a participar.
—Estaría bien que vinierais —repuse.
Hardin y mi madre ya no se llevaban tan mal como antes. Él nunca sería su yerno favorito, pero en
los últimos años había llegado a respetarlo de un modo que jamás creía posible.
Yo también he llegado a respetar mucho a Hardin Scott. Duele pensar en los últimos cuatro años de
mi vida y recordar cómo era. Yo tampoco era perfecta, pero él se aferraba a su pasado con tanta
insistencia que me destrozó por el camino. Cometió errores, errores terribles y devastadores, pero le
pasaron factura. Nunca sería el hombre más paciente, tierno y cariñoso del mundo, pero era mío.
Siempre lo ha sido.
Aun así, tuve que distanciarme de él después de trasladarme a Nueva York con Landon. Nos
estuvimos viendo sin que fuera «nada serio», o lo menos serio que podíamos, tratándose de nosotros. No
me presionó para que me fuera a vivir a Chicago y yo no le supliqué que se viniera a vivir a Nueva York.
No se trasladó aquí hasta un año después de la boda de Landon, pero conseguimos hacer que funcionara
a base de visitarnos siempre que podíamos. Hardin venía a verme más a mí que yo a él. Sospechaba de
sus repentinos «viajes de negocios» a la ciudad, pero siempre me alegraba mucho de verlo y me
entristecía cuando se marchaba.
Nuestro apartamento en Brooklyn no estaba mal. Aunque él ganaba mucho dinero, estaba dispuesto a
vivir en un sitio que yo pudiera permitirme. Seguí trabajando en el restaurante mientras organizaba bodas
e iba a clase, y él sólo se quejaba un poco.
Seguíamos sin casarnos, cosa que lo volvía loco. Yo no paraba de darle vueltas al asunto sin llegar a
decidirme. Sí, quería ser su esposa, pero estaba cansada de tener que ponerle etiquetas a todo. No
necesitaba esa etiqueta tal y como creía necesitarla de pequeña.
Como si mi madre pudiera leerme el pensamiento, se acercó y me arregló el collar.
—¿Ya tenéis fecha? —me preguntó por tercera vez esa semana.